Este cuento es mío. Pero también
es el cuento de muchos. Es el cuento de todos los autores que leí y
me hicieron amar la ciencia ficción. Es el cuento de aquellos con
los que discutí en la red algunas de las ideas que aquí aparecen y
que aportaron nuevos puntos de vista y nuevas sugerencias sobre las
mismas. A todos ellos, con gratitud, dedico este relato
Llanto de piedra
Abro mis ojos en medio de la noche y la encuentro de nuevo, a
mi lado. Como siempre. Me siento embriagado por el aroma de su piel
desnuda, que duerme tranquila tan cerca de mí. Mi mano se desliza
suavemente sobre sus curvas. Dulcemente, intentando no despertarla,
la beso con todo mi cariño en el pelo. Sus cabellos me hacen
cosquillas en la nariz. Vuelvo a arrebujarme a su lado, colmado de
felicidad por su sola presencia. Solo quiero permanecer así, cálido
y protegido, para siempre...
Suena el teléfono. La transición del sueño a la vigilia es tan
brusca que resulta casi dolorosa. Una luz dorada se introduce a
través de las lamas azules de la persiana. El cuarto resulta tan
familiar que en cierto modo es como si el sueño continuara y ella
estuviera a punto de cruzar el umbral de la puerta tras de mí,
vistiendo tan solo una sonrisa pícara en sus labios. Pero el
teléfono sigue sonando, un triste recordatorio de todo lo que ha
quedado atrás. Hago un gesto con la mano y la habitación se
desvanece sin un suspiro. Estoy en medio de la noche, con millones
de estrellas brillando a mi alrededor. Un semicírculo de pantallas
de presentación de datos se abren ante mí: parece como si media nave
requiriese de mi atención en este momento. Activo el icono de
inteligencia, que brilla siniestramente con el resplandor carmesí de
la señal de máxima prioridad. Las estrellas se desvanecen como antes
el cuarto, mientras que el informe resalta, amplifica y dota de
contornos a los principales objetos del nuevo sistema solar al que
nos estamos aproximando. Un sol amarillo con nueve planetas a su
alrededor. Tres gigantes gaseosos y varios mundos muertos. Bostezo
aburrido: todo promete una nueva exploración de rutina, unas semanas
de rápida deceleración, soltar la factoría automática para montar el
Portal y volver a la noche entre las estrellas. Pero entonces la
imagen del cuarto planeta salta a primer plano. Aún desde esta
distancia, se pueden distinguir los inequívocos patrones de
transmisiones artificiales, tiñendo la noche de púrpura a su
alrededor. En ese mundo sin nombre, en órbita de una estrella
olvidada, de nuevo la tecnología se abre camino hacia las estrellas.
Una mano de hielo sube por mi espalda mientras la súbita amenaza
pone un sabor metálico en mi boca. El universo ya ha desaparecido
completamente de mi alrededor. El sistema solar en el que estamos
entrando está cubierto por cientos de señales de colores, con los
perfiles de penetración, telemetría, logística..., y yo soy el
arquitecto que debe poner orden en medio de toda esa vorágine.
Escojo una espiral lenta de entrada, decelerando poco a poco dentro
del plano de la eclíptica y cubriendo nuestros pasos cuidadosamente
con las órbitas de los planetas y del sol. Una sonrisa cínica asoma
a mis labios. Todavía recuerdo mi primera misión, desbordante con el
brío del nuevo cruzado dispuesto a domeñar al universo por el bien
de su raza. Me creía muy listo, aprovechando que el objetivo se
encontraba oculto detrás del sol para frenar a toda la potencia de
impulso del motor de fusión. Pero no me dí cuenta de que el
resplandor de mi antorcha era tan brillante que iluminaba al resto
de los planetas del sistema donde estaba penetrando. El resultado es
que cuando salí de la sombra de la estrella ellos me estaban
esperando... más de la cuarta parte de mis guerreros quedo esparcida
entre los asteroides del cinturón interior antes de someter al
enemigo. Ahora soy más viejo y menos impetuoso. Mi espada está menos
afilada.. pero es más hábil. Nunca volveré a dejarme atrapar por la
impaciencia.
Comunicaciones ha estado enviando los informes de telemetría a
Control de Misión. La señal de transmisión pendiente parpadea de un
modo casi hipnótico sobre una de las consolas: los hombres de negro
quieren hablar conmigo. Que esperen. Todavía estamos demasiado lejos
y hay demasiados datos que recoger y analizar antes de tomar una
decisión. Un poco de paciencia no les sentará mal. Después de todo,
el que va a jugarse las pelotas de nuevo soy yo, no ellos. Sigo
sonriendo largo rato mientras las parpadeantes pantallas de
información siguen vomitando, incansables, torrentes de datos....
Estoy con mi hermano en el desván de la casa de mis padres. Es
un sitio cálido y oscuro, justo bajo el viejo tejado de vigas de
madera combadas por los años. Aprovechando unos cartones viejos y
unos maderos, nos hemos construido un pequeño refugio. El embalaje
vacío de un frigorífico hace de torre y un pequeño laberinto de
cajas disimula la entrada. El pasadizo resulta casi sofocante y
tenemos que movernos con cuidado para que todo el tinglado no se nos
desplome encima. Pero es nuestro castillo, con su torre del homenaje
incluida. Y lo hemos construido nosotros.
El entrañable olor del cartón es tan real, que cuando despierto
siento el corazón en un puño, atenazado por la melancolía del
recuerdo. Odio estos sueños. El pasado está muerto. Mi hermano está
muerto, aplastado por una de las primeras piedras que llovieron del
cielo, mientras los misiles del mando espacial luchaban por destruir
el propulsor de fusión del asteroide principal. Incluso yo estoy
muerto, aunque siga llorando por aquellos que ya no están conmigo.
Con una sacudida alejo de mí los recuerdos. Tengo que llevar a cabo
un trabajo y eso, ahora, es lo único importante. Una vez leí que
nadie moría del todo hasta que no se extinguía en el mundo su último
recuerdo. Por tanto tengo que permanecer vivo... aunque solo sea
para que ellos puedan seguir viviendo.
La nave está casi lista para el combate. He estado recorriéndola,
más para aliviar la tensión que otra cosa, pues los diferentes
subsistemas son capaces de cuidarse perfectamente solos. Meterse en
el cuerpo de un remoto es divertido. Ahora los hay a cientos a
nuestro alrededor, revisando y reparando los daños del largo viaje.
La "Esperanza de la Humanidad" tiene forma de lágrima, con las
espiras superconductoras de la draga magnética en la parte más
ancha. Inmediatamente detrás, el motor de fusión, seguido del largo
tubo del escape dotado de un blindaje magnético destinado a
minimizar la apertura de nuestras emisiones. Durante años, la draga
ha estado recogiendo el deuterio interestelar y almacenándolo como
combustible. Ahora los depósitos están rebosantes..., listo para
enfrentarnos a lo que podamos encontrar.
Hubo un tiempo en que en el exterior brillaban los alegres
colores de la enseña de la Unidad. Pero los largos años de abrasión
han pulido la negra superficie del casco hasta convertirlo en un
espejo oscuro que refleja la luz de la estrellas de alrededor. Ahora
el destructor es solo una oscura lágrima envenenada, parte del
llanto de piedra con el que la humanidad ha anegado el universo a su
alrededor. Y ese torrente, dentro de nada, se llevará por delante un
sistema estelar más. Ad maiorem Dei gloriam....
Comunicaciones ha estado verificando los pares Einstein-Rosen-Podolski
del sistema LEAP. La magia de la comunicación instantánea con el
sistema Tierra continua viva. En cuanto las sondas robot construyan
la estación, el LEAP podrá comenzar a recibir y transmitir
información sin un retraso aparente. Y los humanos podrán viajar
entre las estrellas, aunque sea en forma de datos, para venir a
colonizar este sistema. Pero para eso alguien tiene que llevar los
pares sintonizados hasta el punto de destino. Y ahí es donde aparece
mi nave, y su interminable deambular a través del vacío del espacio.
Largo y solitario camino sin fin, que no conduce a ninguna parte...
La siguiente visita es más siniestra. Las naves de los guerreros
son como la "Esperanza"... pero más letales. Delgadas agujas negras,
lisas, mortíferas como dardos envenenados con el veneno de la hidra.
Y los guerreros que las pilotan, que viven por y para ellas, me
producen escalofríos. Inertes masas de metal, compactos bloques de
acero preparados para soportar las mayores aceleraciones, un día
fueron humanos. Pero ya no son. Todas sus mentes funcionan como una
sola mente y sus pensamientos son cada día más y más ajenos a los de
aquellos que los crearon. Solo su código de honor y su
inquebrantable lealtad me recuerdan que no estoy tratando con un
enjambre de máquinas asesinas. Pero hasta ellos están cansados. Son
muchos años batallando de estrella en estrella, sembrando portales
para que la humanidad pueda esparcirse por la galaxia y nadie pueda
volver a expulsarnos del universo arrojándonos una piedra. Son
muchas décadas combatiendo contra un enemigo sin rostro, viendo como
poco a poco los compañeros desaparecen en un relámpago de luz en
medio de la impenetrable oscuridad, estrellas cegadoras iluminando
la noche en un breve estallido de gloria. Y llega un momento en que
incluso la venganza pierde su sabor y todos los estandartes parecen
vacíos y vanos. Como dijo el bardo, llega un momento en el que a uno
solo le apetece dormir, soñar, olvidar.... morir.
Sopla el viento en lo alto de la montaña. El cielo es de un
precioso azul oscuro, apenas teñido de rosa por el resplandor del
próximo anochecer. Sobre el horizonte se alzan los inmensos pilares
de unas nubes blancas. Podría pasarme horas contemplándolas,
viéndolas girar y retorcerse bajo el embate del viento, cambiando de
forma delante de mis ojos como castillos de algodón sobre un valle
de sombras...
Mi peor enemigo es la soledad. Tampoco es que tenga mucho tiempo
para sentirme solo. Supervisar la nave es una tarea agotadora. Son
muchos años de navegación, de batallas, de desgaste continuado. El
LEAP puede transmitir toda la información del mundo en tiempo cero.
Pero no puede sustituir una tuerca que se desgasta, un componente
que se avería, un módulo que de repente decide rendirse a la eterna
lucha contra la entropía y dejar de funcionar. Somos un fénix que se
reconstruye a sí mismo entre las cenizas de su destrucción. Pero es
una lucha perdida: algún día un componente crítico fallará y la nave
morirá y yo con ella. Pero ese día todavía está lejos...
Además, también están las interminables sesiones de simulador,
volviendo a pelear batallas olvidadas, intentando corregir y
eliminar los viejos errores. O los ratos compartidos en el peculiar
universo de los guerreros, esas luchas contra naves precisas como
las máquinas que las pilotan que siempre estoy condenado a perder,
pero a las que no renunciaria por nada del mundo.
También tengo la posibilidad de conectarme a la red de
comunicaciones de la Tierra, y pasar horas y horas empapándome de
los nuevos avances de una cultura floreciente que ha quedado atrás.
La Red es algo infinitamente más rico y poderoso que la que yo
conocí: literalmente, hay momentos en que todo el mundo reposa sobre
la palma de mi mano. A veces, cuando me siento solo, me conecto al
chat. Suelo quedarme callado, en silencio. Después de todo, no
puedes entrar diciendo que eres una nave espacial a varias decenas
de años luz del planeta: es poco probable que alguien te tomase en
serio. Pero me gusta escuchar sus voces, sus comentarios, sus risas.
Me recuerdan todo aquello que he dejado atrás y todo aquello por lo
que, en el fondo, ahora estoy peleando.
Pero siempre llega un momento en que no queda nada más que hacer,
nada más que decir, tan solo sentarse a contemplar la inmensidad del
espacio. Entonces me gusta cerrar todos los canales y charlar con
las otras naves que deambulan conmigo entre las estrellas. Compartir
sus visiones, sus sueños. Las maravillas que han encontrado, los
extraños mundos descubiertos bajo la luz de otros soles. Comentar
las batallas, restañar las heridas. O simplemente volver al cuarto
azul de persianas azules a contemplar el rostro del universo
mientras la música de un compositor muerto hace siglos sopla como un
viento de otoño para avivar la llama de los recuerdos...
Recuerdos. Tantos recuerdos. Un paseo entre las montañas
dormidas al lado de mi pueblo. El peso del silencio, solo turbado
por el sonido de nuestros pasos sobre la piedra. El muro, un día
enhiesto y ahora derruido al lado del camino. El pozo ancestral en
el fondo del valle, el pequeño pinar oculto en la cañada. Recuerdos.
Noches de pasión en la huerta, bocas buscándose en la oscuridad,
apenas contenida la marea de su deseo. Recuerdos. Un fogonazo blanco
sobre la cara azul del planeta y un torrente de lágrimas imparables,
eternas. Todo el dolor del mundo en mi alma ante la insoportable
certeza de que con ese resplandor, todo aquello que amé había
muerto. Recuerdos....
Estoy solo. A mi alrededor, los gastados bloques de granito
duermen sobre la verde hierba su sueño de milenios. El circulo de
piedras reposa en el claro su duermevela sin fin. Como un ojo
abierto a la eternidad. Como un guardián que todavía custodiase
secretos que no debieran ser contados. El bosque a mi alrededor
esparce una luz verdosa que contribuye todavía más al carácter
fantasmagórico de la escena. Al poco tiempo, les veo acercarse con
pasos cautelosos. La oscura mesa de conferencias en medio del
círculo resulta incongruente, una pesadilla tecnología en medio de
todos aquellos misteriosos legados de la historia. El alfa y el
omega. Un escenario muy apropiado para la reunion.
Todos están ya sentados. Las pantallas de comunicaciones iluminan
sus rostros. Ocupo mi sitio en la cabecera de la mesa. Una a una,
escruto sus caras. En el fondo, en esta mesa no existe ni un solo
ser humano. Todos somos asesinos despiadados capaces de hacer
cualquier cosa... sin pestañear siquiera en el intento. Pero algunos
estamos más cansados que otros.
- Creo que no deberíamos destruirlos
Algunos rostros se crispan. Otros sonríen.
- ¿Por qué?.
El general, con su uniforme negro tachonado de cintas de colores,
me mira como si fuera un extraño insecto que ha osado turbarle.
-No existe evidencia de que sean una colonia del enemigo. Sus
emisiones radioeléctricas no coinciden absolutamente con las bandas
asociadas a su tecnología.
- ¿Pero no estamos seguros de que no lo sean, verdad?
Se que todo esto no ha de servir para nada. La decisión está
tomada, se tomó hace miles de millones de años cuando el primer pez
se comió al otro pez que tenía al lado para sobrevivir. Pero tenía
que intentarlo. Tenía que intentarlo...
- No. No estamos seguros
- ¿Y que curso de acción propone, comandante?
Un sutil golpe bajo. Hacia años que nadie me llamaba
comandante...
- Podríamos soltar una factoría automática defendida por un
escuadrón de guerreros. En un par de años tendríamos un portal
operativo en órbita del principal gigante gaseoso. Los que lo
atravesasen podrían ocuparse del tema del primer contacto...
- ¿Ha sido usted detectado, comandante?
El ayudante del general parece una comadreja delgada dispuesta a
devorar mis tripas.
- Por supuesto que no. Si así hubiera sido, esta reunión no
tendría sentido ¿verdad?
Algunos en la mesa sonríen. La idea de la misericordia asoma a
sus rostros, resulta atractiva a sus mentes. A lo mejor este mundo
todavía consigue tener una oportunidad...
-¿Puede usted garantizar que no será atacado durante su salida
del sistema?
- No....
- ¿Puede usted garantizar que el Portal no será atacado?
- No...
- ¿Está usted sugiriendo que dejemos un Portal en un sistema
posiblemente hostil?. ¿Tiene usted idea de qué es lo que sucedería
si esa tecnología cayese en manos de nuestros enemigos?....
-Solo creo que tienen derecho a una oportunidad.
La representante de la Unidad me mira con el rostro triste.
- Nosotros también teníamos derecho a una oportunidad, pero nos
la negaron....
La amargura me atenaza el alma. En el fondo llevan razón, por
supuesto. Se trata de comer, o ser comido. El universo es una fiera
insaciable: solo los mas duros, los mas despiadados, pueden
sobrevivir entre las estrellas. Y siempre tendremos los cráteres
arrasados de nuestras propias ciudades para recordarlo...
La discusión continua durante horas, pero ya no tiene sentido. No
puedo salir del sistema sin que me vean. No podemos dejar un Portal
porque resultaría vulnerable durante la fase de construcción y si no
creamos el portal no podremos establecer una base y no podremos
defender el sistema para detener la expansión de nuestros enemigos.
Toda nuestra línea de defensa será más débil. Y la supervivencia de
la especie es lo primero.
Cuando termina la reunión siento mi corazón muerto. Pero lo que
tenga que hacerse será hecho.
La colina sigue siendo una colina. Pero mi casa ya no está
sobre ella. Hasta donde alcanza mi vista solo veo pilas de cascotes,
ladrillos, columnas de humo que se alzan hacia un cielo perennemente
gris. Me siento vacío, destrozado, muerto como todo lo que me rodea.
Hubo un día en que en este páramo vivían cinco millones de personas.
Ahora, solo quedan los muertos.
La venganza borbotea en mi pecho. Esto no quedará impune.
Igual que nuestras defensas dieron cuenta de la nave principal,
borraremos del universo a los que nos han hecho esto. Solo así
podrán descansar nuestros muertos...
El planeta se alza como una gema blanca frente a la nave. No
quiero verlo. Me refugio en el universo que conozco de símbolos, de
flechas, de luces. Soy implacable, pero no soy un asesino. Cuando
era niño me gustaba matar. Salía con mi carabina y me pasaba la
tarde matando pájaros. Ni siquiera era capaz de comerlos: la
excitación de la caza era como un vino fuerte que se subía a la
cabeza. Una mañana, algo grande y oscuro se posó en un árbol delante
de mi mira. Sin pensar, apreté el gatillo. Pero cuando fuí a cobrar
mi presa me encontré con un hermoso halcón agonizando en el suelo.
Sus ojos me miraban, sufriendo, preguntándome porqué. Hice lo que
tenía que hacerse y apreté el gatillo una y otra vez hasta que dejó
de moverse. Pero no volví a cazar nunca más.
Uno puede destruir mundos, pero siempre que no tenga que ver el
rostro de los que mata. En la pantalla de un ordenador, uno puede
masacrar planetas, destruir naves, arrasar estrellas. Porque no te
das cuenta de que esas naves están pilotadas por seres como tu, y en
esos planetas viven seres que respiran y comen y aman como tu lo
hiciste. Pero yo se porque estoy aquí. Estoy aquí porque soy un
asesino. Estoy aquí porque solo juego para ganar, y siempre gano. Y
además, después de todo, ni siquiera estoy vivo.
Lanzo los escuadrones de guerreros contra el planeta que duerme.
El resplandor del reactor de fusión destellando en toda su gloria
será el heraldo de que el ángel de la muerte ha caído entre ellos.
Verdaderamente, el nombre de esta nave es idiota. Yo no soy la
esperanza de nadie, solo soy la guadaña con la que mi especie se
hace sitio en la galaxia. Así que desde ahora escogeré un nombre más
adecuado a mi verdadera misión. Desde ahora, me llamaré Azrael...
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena Julio 1999
Diagrama
de la nave
Circulo de piedra