La puerta
Odio estos viajes. Si, ya se que es seguro, he estado allí antes.
Dicen que la teleportación es mas segura que el avión, que
el tren, que cualquier otro medio de transporte que haya desarrollado la
humanidad en todos sus largos eones de evolución. Pero algo dentro
de mi mente se resiste a penetrar esa oscuridad poblada de luces centelleantes.
Todavía recuerdo la primera vez. ¡Tenia tanta ilusión!.
Conocer otros mundos, contemplar el resplandor de otros soles... Las largas
semanas de pruebas, de medidas, de análisis pasaron en un suspiro
a la espera del gran momento. Y llego el día. Desnudo, como mi madre
me hecho al mundo, me situaron frente al portal de salto. Solo era eso,
una puerta abierta sobre una habitación a oscuras, con luces como
luciérnagas titilando dentro. Cruce el umbral. Sentí un cosquilleo.
Mis ojos se abrieron en una habitación distinta. ¡Estaba en
otro planeta!. Pero algo no iba como debiera. El aire olía distinto.
Los colores brillaban de otra manera, aunque con una cualidad tan elusiva
que no podía ser descrita con palabras. Los técnicos me dijeron
que no me preocupara, que era normal, que mi cuerpo se acostumbraría
en pocos días al nuevo mundo y que estas molestias eran mucho menores
de las que sufriría en un viaje en avión a través
de varios continentes. Les hice caso. Tome sus pastillas y a los pocos
días me olvide del tema. Pero cuando volví a enfrentarme
con el portal negro surgió la duda. Y esa duda creció y crecio
en cada salto y ya no me cabe dentro. Podría renunciar. Otros lo
han hecho. Pero ¿abandonar el lujo, el prestigio, el sabor de la
aventura?. Soy un buey uncido a su arado, que no puede abandonar la senda
que otros le han trazado. Me acerco al umbral. La puerta ya no es una puerta,
es una mandíbula bostezante dispuesta a devorar mi vida, mis sueños.
Penetro en la noche. Mi ultimo pensamiento es si al salir seré yo
mismo... o estaré muerto.
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 1999
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