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Espada de Fuego

Los primeros instantes después del salto son los peores. La súbita transición de la claustrofóbica oscuridad de la nave nodriza a la deslumbrante inmensidad del universo siempre me ha resultado desconcertante. En cualquier caso, la Azrael había efectuado un lanzamiento perfecto. El proceso completo de salir del hiperespacio, lanzar las ocho naves y volver a saltar le había ocupado menos de dos minutos. Era poco probable que las defensas planetarias se hubieran apercibido del brevísimo guiño de nuestra nave madre contra el deslumbrante esplendor de su sol.

Las negras agujas de nuestro escuadrón se deslizan silenciosamente hacia el planeta. Todos los sistemas están apagados, salvo los detectores pasivos y el pulsante láser de comunicaciones que enhebra nuestras naves como un hilo de fuego. Disfruto unos instantes de la noche poblada de estrellas, de la deslumbrante gema del planeta frente a mi. Siento como la excitación del inminente combate inunda mi cuerpo. Después, activo el ordenador de ataque de la nave. El universo desaparece. El cada vez mas cercano planeta se convierte en un circulo azul salpicado por las luces de colores del detector de amenazas. Ámbar para las fuentes infrarrojas. Blanco para las radioeléctricas. Rojo para las estaciones de combate conocidas. Todo un rosario de estas se extiende sobre la cintura ecuatorial. Es evidente que tendremos que ocuparnos de algunas si queremos penetrar indemnes sobre el objetivo.

En los puntos de Lagrange del sistema pulsa el amenazador resplandor de las estaciones de alerta temprana. Hasta ahora no han dado la alarma. Nuestro recubrimiento absorbe o dispersa casi todas las radiaciones que inciden sobre el mismo, lo que nos hace virtualmente invisibles. Y con los motores apagados no ofrecemos una gran firma térmica que digamos. Pero no tardaran demasiado en darse cuenta de que algo anda mal. Las dos comadrejas de nuestro escuadrón ya están casi en posición. Cuando abran fuego, todos nos veremos metidos en el peor fregado que vimos jamás. Este no es un simple ataque sobre un carguero en los limites exteriores del sistema. Esta vez vamos a golpear directamente el corazón del opresor. Y aunque no sobrevivamos a la empresa al menos sabrán que no nos hemos rendido... y que aun estamos ahí afuera, esperando nuestra revancha.

De repente, la nave se queda en blanco durante un segundo. ¡Nos han disparado!. La inequívoca firma de una explosión nuclear brilla en el hueco dejado por uno de los satélites de combate. Y el número cinco, alcanzado de lleno por el pulso del láser de rayos X se dirige ciegamente a su destrucción sobre la atmósfera del planeta. No tengo tiempo de preocuparme por su suerte. El claxon de la alarma es casi ensordecedor. Pulso el botón de cancelación mientras lanzo la orden general de ataque. En ese momento se encienden los motores de fusión de las dos comadrejas. Mientras las naves deceleran, con todas las contramedidas electrónicas encendidas, la inmensa columna de partículas cargadas moviéndose a la velocidad de la luz achicharra a las dos estaciones de alerta temprana. Las otras naves nos dispersamos como dientes de león al viento, desplazándonos con un patrón aparentemente aleatorio destinado a confundir las defensas automáticas. Debemos de constituir un espectáculo aterrador, cinco antorchas de fusión apareciendo de la nada en medio del sol. Las defensas del planeta empiezan a despertarse. Una batería láser me tiene en su punto de mira. La polaridad de la superficie de la nave cambia de "negro" a "espejo". El recubrimiento superconductor hará el resto. Con una maniobra brusca consigo abandonar el camino del haz y lanzo un misil hacia la estación de combate que me rastrea. En pocos segundos, disparo siete misiles mas: el infierno se ha desatado por encima de la atmósfera del planeta.

La situación empieza a ponerse caliente. Hemos perdido tres naves mas, una con otro pulso de rayos X y dos bajo los disparos de un cañón electromagnético. No puedes hacer mucho cuando te alcanza un proyectil de plasma de aluminio volando a 100 Km./seg.: la violencia del impacto basta para convertir tu nave en una nube incandescente. Pero yo y mi hombre ala hemos conseguido pasar e iniciamos el descenso a través de la atmósfera.

Todos los sentidos de la nave se repliegan... y yo con ellos. La vibración es casi insoportable y los sensores térmicos del casco indican que el sistema de refrigeración esta al borde del colapso. Pero un instante después todo ha terminado. Las dos naves, con sus alas atmosféricas desplegadas vuelan a mas de tres veces la velocidad del sonido a 15 kilómetros de altura sobre la superficie. Hay que desaparecer de escena. Encendemos los motores atmosféricos, desconectando la aparatosa propulsión de fusión. Bajamos a velocidad subsónica y descendemos a nivel de las olas del oscuro océano. La larga maniobra de frenado nos ha llevado sobre la cara nocturna del planeta. La pantalla de amenazas esta iluminada por centenares de luces que brillan sobre el horizonte. Pero la mayor parte de los esfuerzos de nuestros desconcertados enemigos parecen concentrarse sobre el ataque claramente menguante del resto de nuestro escuadrón. Súbitamente, en la pantalla aparece una linea de luces multicolores iluminando la costa. Mi compañero dispara un misil, que sube en línea recta mas allá de la atmósfera, sobre la ciudad. El intenso fulgor de una explosión nuclear inunda las calles. Cuando se apaga, toda la ciudad y sus posibles defensas se encuentran a oscuras bajo los efectos del EMP. Número Dos asciende para iluminar con su láser el blanco, un enorme edificio donde se supone que reside el gobierno mundial. Solo tengo que seguir volando un poco mas. Y cuando escuche el pitido de enganche del misil, soltare mi ultima arma e intentare escapar de este mundo aborrecido. Pero algo sale mal. Una flor de fuego se abre tras de mi cuando mi hombre ala es alcanzado por una ráfaga de disparos procedentes de una estación espacial. No hay nada que hacer. Enciendo el reactor de fusión e intento escapar: no quiero morir en esta ratonera. Pero un misil salido de no se sabe donde destroza la tobera del reactor y se lleva media nave por delante. Con el escaso control que me queda lanzo la nave sobre la ciudad. Malditos humanos. Piensan que nos han creado. Pero yo les enseñare como muere un autentico guerrero de metal...
 
 
     PLANO DE LA MISIÓN 

© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 1999
 

 

© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena  2003-2004 Ultima actualización 08-11-2004