No sé por qué en noches como ésta recuerdo tanto
a mi padre. Será porque cuando bebo lo suficiente siempre llega
un momento en que el alcohol es capaz de ahogar la voz de la diosa. Y entonces
los recuerdos surgen con fuerza dentro de mí, como una riada que
viniera a ocupar el hueco que ella deja en mi alma al marcharse. Al otro
lado de la ventana, el viento aúlla enloquecido entre las ramas
desnudas de los árboles. Dentro, las lámparas de aceite proyectan
sombras siniestras sobre los parroquianos de la taberna. El antro de paredes
de adobe está abarrotado, un islote de luz y calor en medio de la
helada oscuridad. Pero nadie se sienta conmigo. A mi alrededor, intangible,
se levanta un muro casi infranqueable de respeto. Y odio. Y miedo...
Vuelvo a perderme entre los recuerdos sobre la jarra de hidromiel. Nunca
me ha gustado el alcohol. Pero últimamente me veo obligado a buscar
su refugio cada vez más a menudo. Contemplo mi rostro reflejado
en el oscuro líquido de la jarra y le veo a él. En realidad,
nunca estuve seguro de que fuera mi padre. Cuando le preguntaba, siempre
me miraba con los ojos llenos de risa y me decía: "Todos somos hijos
de Ayenskai. Así que en el fondo no puedo ser tu padre, sino tu
hermano". Y rompía a reír a carcajadas, con esa risa suya
franca y desbordante, como si la vida fuese un regalo entre sus manos y
nuestro largo deambular sin rumbo, un paseo bajo las estrellas en primavera...
Un borracho tropieza con mi mesa. Levanto la vista y la capucha se desplaza
un poco, dejando escapar un reflejo dorado. Veo cómo sus pupilas
se dilatan y cómo el terror más absoluto asoma en sus facciones.
La taberna se ha quedado en silencio: docenas de ojos nos contemplan, esperando
y temiendo a la vez el desenlace. No merece la pena. Nada merece ya la
pena, en realidad. El borracho se retira balbuceando abyectas disculpas.
Bajo la mirada, ignorándole y poco a poco, a mi alrededor, vuelven
a alzarse las conversaciones como el canto de pájaros asustados
tras la tormenta.
¿Cómo pudo soportarlo durante tanto tiempo? Apenas llevo
cinco años con su carga y ya tengo el pelo blanco hasta la raíz.
A veces pienso que me gustaría renunciar, ser sólo un desgraciado
más viviendo una vida anónima en una de estas aldeas. A veces.
El poder de la diosa es demasiado excitante, y ninguno de estos pensamientos
dura demasiado.
A él no parecía afectarle lo que era. Su alegría
era contagiosa, como un vino que llenase el corazón de ligereza
y el alma de sueños. Pero no siempre sonreía. Y en ocasiones
su cólera era tan terrible como el sonido del trueno. Recuerdo una
ocasión en que llegamos a una aldea de pescadores. Recuerdo el mar
reverberando como una turquesa a mediodía, y los gritos de las aves
peleando por los despojos de la pesca, abajo, entre las barcas. Cuando
entramos en el poblado, la hostilidad de los habitantes se alzó
ante nosotros como un muro. Hacía calor, y padre llevaba la capucha
retirada. El sol arrancaba reflejos dorados al símbolo de la diosa
sobre su frente. Pero los aldeanos habían perdido el temor a los
dioses. Demasiadas desgracias, demasiada desesperación para seguir
rezando a unas deidades que les habían olvidado. Al llegar a la
plaza central, apenas un sucio claro entre las casas, encontramos un círculo
de rostros amenazadores enfrentándosenos. Padre pidió comida
y refugio. Se lo negaron. La discusión subió de tono. De
repente, una piedra apareció volando de ninguna parte y me hirió
en la cabeza. Grité... y fue como si mi grito resonara en todas
y cada una de las casas, elevando un clamor ensordecedor hacia el cielo.
A nuestro alrededor, los campesinos se desplomaron con una expresión
de terrible sufrimiento en sus rostros. Un instante después, todo
había pasado. El sol seguía brillando cálido y acogedor.
Pero la aldea estaba en silencio, un silencio sólo roto por los
sollozos de los hombres mujeres y niños rozados por el dedo de la
diosa, invocada por mi padre...
La jarra esta vacía. Hago un gesto al tabernero, que se acerca
servilmente a rellenarla. Todo esta hidromiel debería matarme. Pero
la diosa sabe cuidar de los suyos: el mismo poder que sometió a
los campesinos mantendrá limpia mi sangre. Mañana no tendré
resaca... y cuando la diosa vuelva, ni siquiera los recuerdos continuarán
acosándome demasiado tiempo...
Aquel día no murió nadie, pero no siempre fue así.
Podría señalar a cualquiera dentro de esta taberna y con
un simple pensamiento proporcionarle un éxtasis inmenso, infinito...
o hacerle revolcarse por el suelo de dolor, como aquéllos desgraciados
de la aldea sin nombre. También podría convertirle en una
pulpa sanguinolenta que nadie reconocería como un ser humano, o
transformar esta aldea en un lago de lava humeante en apenas unos segundos.
Todos a mi alrededor lo saben. Por eso me temen y me huyen. Y por eso le
temían a él.
Nunca llegó a explicarme por qué abandonamos el monasterio.
Una tarde de lluvia, debajo de una lona empapada, me contó una hermosa
historia acerca de un mundo muy lejano en el espacio y en el tiempo. Un
mundo en el que Ayenskai hacía viajar las almas de los hombres entre
las estrellas, y su poder proporcionaba luz y calor a las casas de sus
fieles, guardianes y custodios de aquéllos que habían perdido
el favor de la diosa. Me habló también de cómo un
día se rompió el puente por el que viajaban las almas. Y
del modo en que fuimos abandonados en este árido planeta, solamente
con el ojo de la diosa como único consuelo. Su voz era triste, tan
triste como la lluvia que se filtraba entre las rendijas de la lona, cuando
contó cómo los elegidos tuvieron que levantar los negros
muros de los monasterios para protegerse de la ira de los condenados. Y
de la desolada zona que los rodeaban, cubierta por los huesos blanqueados
de todos aquéllos que osaron desafiar el poder de la diosa para
enfrentarse a los que viven protegidos bajo su manto.
Yo no recuerdo nada de todo eso. Solo un patio de piedra gris, cubierto
de hierba, donde jugaba con otros niños como yo. Y una noche en
que la tierra tembló y todo pareció desplomarse a mi alrededor.
Y los largos años en los caminos, andando, siempre andando por los
solitarios senderos cubiertos de polvo de esta tierra inmisericorde...
Una prostituta me hace un guiño insinuante desde la barra. Durante
un instante, nuestras miradas se cruzan y veo una profunda compasión
reflejada en ellos. Muchas veces yo también siento pena de mí
mismo. De mi soledad. De la incomprensión que me rodea. Del temor
a mi poder, y al poder que represento. Supongo que mi padre también
acabó por sentir esa soledad perforándole las entrañas.
Cientos de veces le he preguntado a la diosa qué sucedió
esa tarde. Pero ella nunca ha querido contestarme, aunque sé que
conocía hasta el último pensamiento de mi padre, igual que
ahora conoce los míos. No es fácil hablar con Ayenskai. En
ocasiones, parece solo una mujer muy sóla y muy asustada que está
muy lejos de casa. Pero después siempre acaba por emerger la diosa
de mirada de fuego y puño despiadado. Y uno sólo puede plegarse
a su voluntad y seguir ciegamente sus designios...
Siempre he pensado que, simplemente, padre quería morir. El modo
en que se enfrentó a aquellos jinetes fue de una arrogancia temeraria.
No eran inocentes campesinos, sino mercenarios al servicio de uno de los
señores de la guerra de las ciudades litorales. Y absolutamente
todo era mortal en sus gestos. Creo que en el fondo nunca pensó
que alguien pudiera oponerse al poder que representaba. Pero ellos lo hicieron.
Recuerdo la escena perfectamente. El ojo de Ayenskai estaba alto en el
cielo de la tarde, junto a las lunas gemelas. El sudor de los caballos,
las botas de los jinetes cubiertas por el polvo del camino y a mi padre,
con su capa oscura, desafiándolos. De repente, sonó un disparo.
Fue como si el tiempo se detuviese. Durante un segundo, una expresión
de absoluta sorpresa apareció en su rostro, conforme la mancha roja
se hacía más y más grande sobre su pecho. Después,
ví cómo la muerte nublaba sus ojos como un sudario. Cayó
al suelo, como a cámara lenta. Y antes de que el polvo levantado
por su cuerpo se hubiera asentado, todos los jinetes habían muerto.
No tuvieron una muerte agradable. Fue como si su cuerpo se disolviese desde
dentro, como si un millón de cuchillas microscópicas troceasen
su carne hasta convertirla en un rojo amasijo irreconocible. En unos segundos
las ropas quedaron fláccidas, vacías. Y unos charcos inmundos,
agitados por unos estertores malsanos, fue lo único que quedó
del grupo atacante. Volvió a correr el tiempo. Las monturas recularon,
nerviosas, incapaces de comprender lo que había sucedido. Y yo no
podía dejar de mirar a padre, negándome a creer que había
muerto. Entonces, la luz cambió. El ojo de la diosa levantó
su párpado, y un resplandor verde, insoportable en su fulgor, iluminó
el paisaje. Hice lo que tenía que hacer. Padre me lo había
contado cientos de veces, así que cuando llegó el momento
no vacilé. La diosa jamás consentiría que uno de sus
símbolos de poder, la diadema que siempre vestía padre, quedase
abandonado sobre el camino: antes volatilizaría toda la zona para
destruirla. Apenas tenía unos segundos para actuar. Así que
llegué a su lado y recogí la dorada tiara, que tras la muerte
se había desprendido dejando una marca sangrienta sobre su frente.
No lo pensé, sólo la cogí y me la puse. Cuántas
veces he tenido ocasión de arrepentirme de ese gesto… Un dolor cegador
inundo mi mente. Perdí el sentido. Y desde ese día, las voces
de la diosa y las de los que la sirven no me han abandonado jamás.
Nunca más volví a estar solo. Nunca antes había sentido
tanto la soledad. Una lágrima lenta resbala por mi mejilla y cae
sobre la nudosa madera de la mesa. Padre, padre... cuánto te echo
de menos...