Delgados hilos de luz cortan la
oscuridad entre las tablas. Hacinados dentro del estrecho habitaculo, el hedor a
sudor, a humo y a miedo nos envuelve como un sudario. A nuestro alrededor crece
el estruendo de la lucha. Lentamente, bajo el cuero mojado cubierto de llamas,
nuestra tropa avanza. Implacables, como una fuerza de la naturaleza, como si
fuesemos tan solo peones en un juego de dioses. La muerte se sienta tras
nosotros entre la sombras. Y por no verla sonreir empujamos, hombro con hombro,
musculo y acero. Empujamos y el ariete avanza. De repente, con un crujido sordo
nos detenemos. Afuera, un grupo de campesinos se afana en torno a un edificio
incendiado. Cae el porton. Una cascada de luz se derrama sobre nosotros y
arranca destellos mortales en las armas. Gritando enardecidos corremos hacia el
resplandor. Detrás quedan el miedo y las sombras. Delante, la gloria, la
batalla...