El peso de un mundo
Bibliopolis
Fuera de la atmósfera terrestre, una nave blanca y estilizada
surca el espacio. Mientras suenan las notas de "El Danubio azul", la nave
se desliza hacia una estación orbital en forma de rueda, que gira
majestuosamente, dispuesta a atracar en un hangar situado en el eje de
la misma. Este peculiar vals, perteneciente a la película "2001,
una odisea del espacio", se ha convertido en una de las secuencias más
emblemáticas de la ciencia ficción. Pero la razón
última del giro de la estación no es solamente proporcionar
un placer estético al espectador, sino generar para los habitantes
de la misma algo casi tan indispensable cómo el aire que respiran:
gravedad.
Cae una manzana
¿Qué es la gravedad?. Newton descubrió que dos
masas cualesquiera se atraen mutuamente con una fuerza inversamente proporcional
al cuadrado de la distancia que las separa. Debido a esto, en presencia
de un campo gravitatorio todo cuerpo se ve sometido a una aceleración
que se conoce cómo aceleración de la gravedad y se representa
por la letra g. En la superficie terrestre el valor de g
es de 9,8 m/seg2 y normalmente se considera cómo una referencia:
las aceleraciones de los vehículos suelen medirse muchas veces cómo
múltiplos de g. Conforme nos alejamos del planeta este valor
disminuye, hasta acabar resultando casi imperceptible. Eso no significa,
sin embargo, que se haya escapado de su influjo: todos los objetos del
universo, hasta la más lejana galaxia, interactuan gravitatoriamente
entre si. La ingravidez, entendida cómo ausencia de gravedad, no
existe. Sí existen condiciones de microgravedad, en la que el valor
de la gravedad es muy pequeño, o de caída libre, cuando atracción
gravitatoria se ve compensada por otra fuerza, cómo por ejemplo
la inercia de un cuerpo que gira. Pero en cualquiera de ambos casos el
efecto es el mismo: el peso, esa fuerza invisible contra la que luchamos
todos los días de nuestra vida, se vuelve imperceptible.
Flotando entre las estrellas
El hombre es una especie que ha evolucionado dentro del campo de gravedad
del planeta Tierra. Nuestro sistema circulatorio, nuestros músculos,
toda nuestra estructura ósea están conformadas por esa fuerza
que tira de nosotros día y noche. Ahora bien: ¿cómo
responde nuestro organismo cuando el peso desaparece?. El deseo de volar,
la posibilidad de desplazarse libremente por el espacio, es algo profundamente
arraigado en nuestro interior, quizás cómo un recuerdo de
la ingravidez que experimentábamos al flotar en el útero
materno. En este sentido, la ausencia de peso ofrece posibilidades sumamente
interesantes. Por ejemplo, en la danza siempre ha existido una componente
etérea, un desplazarse más allá de las ataduras de
la gravedad. ¿Cuales serán los límites de esta disciplina
cuando verdaderamente el peso no exista?. En "Danza Estelar", de Spider
y Jeanne Robinson, ganadora del Hugo y el Locus, se nos muestran cómo
la danza puede alcanzar nuevas formas de expresión cuando tiene
lugar fuera del campo gravitatorio terrestre, y cómo alguien que
sobre la Tierra es un tullido funcional, en caída libre puede convertirse
en un artista insuperable.
Otro tanto podría decirse respecto de la arquitectura. Hoy en
día ya se está investigando en el espacio sobre la fabricación
de nuevos materiales, cómo aleaciones especiales y cristales, que
solo se pueden conseguir en condiciones de microgravedad. Las arcologias
en órbita que nos pinta Haldeman en "Mundos" tenían precisamente
una economía basada en el comercio de ese tipo de productos. Además,
construir en semejante entorno genera nuevos grados de libertad en la mente
del arquitecto. Por ejemplo, en "Blue Champagne", de Varley, aparece una
estructura llamada La Burbuja, una enorme masa de agua situada en
órbita con una burbuja de aire en su interior, destinada al entretenimiento
de los habitantes y turistas de una estación espacial.
La ausencia de peso incluso podría servir para prolongar la vida.
En efecto, nuestro organismo suele acabar rindiéndose ante el esfuerzo
implacable que sufren nuestro corazón y nuestros músculos
al funcionar durante décadas dentro de un campo de gravedad. Pero
cómo bien señala Carl Sagan en "Contacto", en gravedad cero
las caderas no se quiebran. En esta novela, un grupo de millonarios se
refugian en un hábitat orbital tratando de encontrar una cura a
sus dolencias... e incluso buscando la inmortalidad biológica en
el proceso. Algo parecido plantea Clarke en "El secreto", donde en una
base lunar se descubre que la vida se prolonga considerablemente en condiciones
de baja gravedad, pero aparece el problema de cómo comunicar a la
Tierra que ese don solo estará disponible para los pocos privilegiados
que puedan acceder a ese entorno. Clarke vuelve sobre ese tema en "2061",
donde Floyd, uno de los protagonistas de las entregas anteriores, ha conseguido
prolongar su vida hasta los 103 años en perfectas condiciones de
salud debido a su ininterrumpida estancia en condiciones de baja gravedad
durante decadas.
El precio del paraíso
Sin embargo, a pesar de sus múltiples ventajas la vida en ausencia
de peso no está exenta de inconvenientes. Por ejemplo, nuestro oído
interno, el órgano de equilibrio de nuestro organismo, en algunos
casos resulta gravemente afectado por la ausencia de gravedad. El resultado
es una sensación de nausea y desequilibrio, el llamado "mareo espacial",
que puede prolongarse durante unos cuantos días. El problema es
que vomitar en esas condiciones resulta peligrosísimo, especialmente
dentro de un traje espacial. Al no existir gravedad que haga caer los residuos,
estos pueden provocar la asfixia del ocupante del traje al quedar flotando
dentro del mismo.
Otro aspecto, esta vez más psicológico, es el de la orientación.
El ser humano se ha desarrollado en un entorno en el que existe una dirección
de "abajo" claramente establecida e inconscientemente tendemos a orientarnos
según esa premisa. Sin embargo, en el espacio "abajo" no existe.
Es necesario desarrollar todo un nuevo esquema de visión tridimensional
para poder desplazarse con efectividad en esas condiciones. Un ejemplo
clásico es el de las impresiones del protagonista de "Cita con Rama"
al enfrentarse a su primera visión del interior de la inmensa nave
espacial cilíndrica. En su experiencia, pasó de imaginar
que se encontraba en el fondo de una inmensa lata a la imagen de un túnel
que se abría ante él... para terminar visualizándose
cómo un insecto caminando boca abajo sobre la tapadera de la lata,
con todo el terror psicológico a despeñarse hacia el increíblemente
lejano fondo que ello suponía. De todos modos, el autor que mejor
ha reflejado la problemática de la orientación tridimensional
en ambientes de baja gravedad ha sido sin duda Orson Scott Card. En su
novela "El juego de Ender", las escenas de entrenamiento en un entorno
de ingravidez, la sala de batalla, y los problemas de orientación
y movilidad asociados a dicho entorno resultan insuperables y muestran
cómo es indispensable una preparación muy especial para desarrollar
las habilidades necesarias para el combate en gravedad cero.
Mas graves son los efectos que se producen sobre nuestra masa muscular
y la desmineralización. En efecto, al no estar sometidos al esfuerzo
continuo al que les somete la gravedad, los músculos se relajan
y acaban atrofiándose. Tras una estancia de apenas unos meses, y
sin un programa de ejercicio adecuado para mantener sus músculos
tonificados, un astronauta ya no es capaz de desenvolverse sin ayuda al
volver sobre la superficie del planeta. También son muy importantes
los problemas de descalcificación ósea y la pérdida
de minerales: los huesos se vuelven delgados cómo el papel y acaban
siendo incapaces de soportar nuestro peso sin romperse. Este es por ejemplo
el caso que nos presentan Bruce Sterling y William Gibson en "Estrella
Roja, Órbita de Invierno", donde el coronel Korolev, que lleva 20
años viviendo en ausencia de gravedad, se encuentra varado en una
estación espacial soviética vieja, obsoleta, y a punto de
ser desmantelada, sin ninguna posibilidad de poder volver a pisar la superficie
del planeta que le vió nacer.
Estatuas de sal
En este sentido, abandonar la superficie de nuestro planeta recuerda
en muchas ocasiones un viaje sin retorno. El espacio se convierte en una
nueva frontera, llena de posibilidades... pero cuya conquista exige en
cierto modo renunciar a nuestros orígenes. Por supuesto, siempre
se pueden buscar alternativas. Por ejemplo, el protagonista de "Un fantasma
recorre Texas", de Fritz Leiber, viste un exoesqueleto de titanio que sustituye
a sus músculos atrofiados y protege a sus huesos descalcificados
durante su primera visita a la Tierra tras toda una vida en el espacio.
En "Mundos", de Haldeman, los viajeros que tenían que descender
a la superficie terrestre desde los hábitats espaciales debían
someterse a un intenso y estricto programa de ejercicios físicos
para tonificar su sistema muscular, mientras que en "La luna es una cruel
amante", de Heinlein, los trabajos en baja gravedad se desarrollaban normalmente
a la mayor velocidad posible, para que los trabajadores no quedasen varados
para siempre debido a los efectos secundarios de la ingravidez (algo parecido
a lo que se hace actualmente, pues las tripulaciones de la estación
espacial internacional se relevan periódicamente para evitar los
efectos acumulativos de la exposición a la falta de peso).
Pero al igual que los peces que hace millones de años abandonaron
el océano y conquistaron la tierra, la humanidad también
puede asumir el reto que plantea la ingravidez y partir a la conquista
del espacio sin volver la vista atrás. Ya en "Encuentro con Medusa"
Clarke utiliza chimpancés modificados para incrementar su inteligencia,
cómo operarios en tareas donde prima la habilidad manual. Este concepto
se desarrolla plenamente en la novela "En caída libre", de Lois
McMaster Bujold, con la figura de los cuadrúmanos, una especie modificada
por ingeniería genética con cuatro brazos y sin piernas,
diseñados para el trabajo en gravedad cero (donde las piernas, en
efecto, son inútiles) y que el protagonista ayuda a liberar de la
esclavitud a la que se encuentran sometidos por la compañía
que les diseñó.
Yendo un poco más allá, estas modificaciones pueden incluso
aplicarse sobre nuestro propio genoma a fin de adaptar a la humanidad a
las condiciones de vida que pueden encontrarse en el espacio exterior.
En "Mundos en el Abismo" e "Hijos de la Eternidad", Aguilera y Redal presentan
la raza de los colmeneros, una especie que se ha adaptado a la vida en
las condiciones de espacio profundo y en ausencia de gravedad hasta el
punto de que ya no parecen humanos. Pero donde esta idea se lleva a sus
últimas consecuencias es en la serie de Dan Simmons sobre Hyperion,
y especialmente en su novela corta "Náufragos de la hélice",
ganadora del Locus. En esta obra se lleva a cabo una detallada descripción
de los Exter, una subespecie de la humanidad que también se ha adaptado
a las condiciones de vida en el espacio profundo. Los Exters no solamente
tienen hábitats semejantes a los de los colmeneros en asteroides
o en el equivalente a la esfera de Dyson que son los anillos bosques orbitales,
sino que están completamente adaptados al medio en el que viven:
no necesitan respirar, su cuerpo está perfectamente preparado para
el vacío y a la ingravidez e incluso algunos están dotados
de inmensas velas solares que utilizan para volar a través del espacio.
Poul Anderson tambien utiliza una adaptacion genetica a las condiciones
espaciales en "Las estrellas son de fuego", donde aparece la raza de los
selenitas, humanos con un genoma modificado para permitirles vivir en las
condiciones de gravedad de la Luna.
Existen opciones todavía más radicales. Si nuestros cuerpos
biológicos son incapaces de adaptarse a las condiciones de vida
en ingravidez, siempre podremos plantearnos la sustitución del mismo
por un cuerpo mecánico. El ciborg, el hombre máquina, es
insensible a la gravedad. En el cerebro no aparecen problemas de descalcificación,
y un brazo mecánico no sufre atrofia muscular por permanecer demasiado
tiempo en caída libre. Pohl realiza un magistral estudio de las
implicaciones de la transformación del hombre en ciborg para adaptarse
a la vida sobre el planeta Marte en "Homo Plus", una de las novelas de
referencia sobre este tema. En cualquier caso, la evolución lógica
de este estadio, el trasladar la mente a un soporte puramente electrónico
(cómo los extraterrestres constructores de TMA1 en "2001, una odisea
del espacio" o los pilotos electrónicos usados por Saberhagen en
"Alas en la oscuridad") libera a la misma de todas las ataduras y servidumbres
que acarrea un cuerpo biológico y le abre verdaderamente las puertas
para la conquista de las estrellas.
El peso de la aceleración
Parece lógico que si el destino último de la humanidad
es el vivir de un modo permanente fuera de la Tierra, se siga de un modo
u otro el camino evolutivo al que nos hemos referido. Pero para aquellos
que prefieran quedarse en los planetas, sometidos al tirón de la
gravedad, transformase en un ángel con alas de cientos de metros
de longitud no parece una solución demasiado realista para desplazarse
de un sitio a otro por el espacio. Por suerte, generar gravedad artificial,
en contra de lo que pudiera parecer, no resulta tan complejo. De nuevo
la física viene a echarnos una mano, a través del llamado
principio
de equivalencia: un cuerpo sometido a aceleración sufre los
mismos efectos que si estuviese dentro de un campo gravitatorio con una
aceleración equivalente. Esto es algo relativamente fácil
de comprobar: cuando aceleramos un coche, notamos claramente una fuerza
que nos aplasta contra el asiento (al igual que sucede, por ejemplo, cuando
se lanza una nave espacial) y esa fuerza es, a todos los efectos, indistinguible
de la gravedad.
Curiosamente, debido a esto, las naves de la edad de oro clásica
de la ciencia ficción, esos cohetes atómicos en forma de
supositorio, eran muchísimo más coherentes con la física
en este campo que muchas de las naves más modernas que han ido apareciendo
con posterioridad en el género. En efecto, para llevar a cabo una
travesía espacial sin problemas de gravedad es suficiente mantener
una aceleración constante de un g durante una parte del trayecto,
parar el impulsor, dar la vuelta y continuar el viaje decelerando con una
aceleración de una gravedad en la segunda mitad de la trayectoria.
Este es un mecanismo muy elegante y completamente efectivo para llevar
a cabo largos viajes espaciales sin resultar afectados por la ausencia
de peso.
Sin embargo, tampoco esta exento de inconvenientes. El primero es, sin
duda, el del motor. Casi todos los sistemas de propulsión conocidos
se basan en el principio de acción y reacción: se utiliza
un combustible que sirve para acelerar una masa de impulsión que
al ser expulsada empuja al vehículo en dirección contraria.
Sin embargo, la cantidad de combustible que un vehículo espacial
puede cargar es finita y cuanto más combustible carga, más
pesa y más energía hace falta para moverlo. El perfil de
vuelo no viene determinado, por tanto, por la necesidad de conseguir una
determinada aceleración, sino por la masa de combustible que se
puede acarrear. Lo normal es acelerar hasta gastar la mitad del mismo,
mantener una trayectoria inercial sin aceleración a la velocidad
alcanzada y decelerar al llegar al punto de destino. Pero este perfil vuelve
a dejarnos en el punto de partida, pues durante la fase inercial del vuelo
seguimos necesitando un sustituto de la gravedad.
Otro problema procede de que un sistema de aceleración continua
es muy sensible a las maniobras. Ciertamente, todo funciona sin problemas
mientras la nave se desplace en línea recta. Pero en cuanto tenga
que cambiar de trayectoria bruscamente el interior de la misma puede convertirse
en un infierno. Por ejemplo, en "Cosecha de estrellas", de Poul Anderson,
se nos describe una batalla espacial en la que la maniobrabilidad las naves
viene determinada por la presencia de una tripulación humana en
su interior, puesto que una nave ciborg o un simulacro electrónico
carece de esas limitaciones. Esta superioridad de la máquina sobre
el hombre a la hora de hacer frente a la aceleración ha sido bastante
explotada en el género. Sin ir más lejos, en "Efímeras",
de Kevin ODonnell Jr la nave utiliza su capacidad para acelerar y decelerar
bruscamente para sofocar un motín de su tripulación.
Se han propuesto distintas alternativas para hacer frente a estos inconvenientes.
La primera implica la mejora en la eficiencia de los propulsores. Un cohete
químico quema su combustible en un periodo de tiempo muy reducido,
de apenas minutos. En cambio un cohete nuclear es miles de veces más
eficiente y un propulsor avanzado de fusión o de antimateria tiene
una eficacia centenares de miles de veces mayor. Por ejemplo, en "El mundo
al final del tiempo", de Frederik Pohl, una nave colonizadora que utiliza
un esquema mixto de vela solar y motor de antimateria es capaz de mantener
una aceleración casi constante durante toda su trayectoria hacia
una lejana estrella.
Aun así, para un viaje lo suficientemente largo es evidente que
el combustible no puede llegar para mantener una trayectoria de aceleración
constante. Una posible alternativa consiste en utilizar un valor de aceleración
más reducido (en "2061" la Universe es capaz de realizar
el trayecto Tierra - Júpiter a una aceleración constante
de 0,1g merced a su planta de fusión catalizada por muones). También
podemos renunciar a la aceleración constante... pero colocando a
la tripulación en un estado de hibernación en el que los
efectos de la ingravidez se vean minimizados. Una interesante variante
de esta teoría la encontramos en la novela de Chales Sheffield "Entre
los latidos de la noche". El método de viaje interestelar escogido
en este caso es el llamado "espacio L", donde aparentemente las naves viajan
a muchas veces la velocidad de la luz. Pero lo curioso del espacio L es
que no se trata de un nuevo y revolucionario avance de la física,
sino de un estado metabólico a mitad de camino entre la animación
suspendida y la hibernación. En el espacio L, el metabolismo se
ve ralentizado a una décima parte de su valor normal y debido a
esto el tiempo corre diez veces más lento... lo que a su vez implica
que las aceleraciones se perciben subjetivamente muchísimo más
rápidas. En estas condiciones, las naves pueden mantenerse con una
aceleración de apenas unas centésimas de g, que serán
percibidas por la tripulación cómo una gravedad completa
durante toda la trayectoria.
Otra estrategia valida para enfrentarse al problema de la aceleración
constante es el empleo de una nave que sea capaz de conseguir su propio
combustible del espacio exterior. Por ejemplo, las estatocolectoras recogen
hidrógeno interestelar mediante enormes dragas magnéticas
para producir una reacción de fusión nuclear autosostenida
que impulsa la nave casi indefinidamente. Puesto que no cargan combustible,
son mucho más ligeras que cualquier otro tipo de astronave y tienen
una capacidad de aceleración continua muy superior. La estatocolectora
es el vehículo interestelar por excelencia, y su problema en este
caso no seria el mantener una aceleración constante sino cómo
detenerse, tal y cómo lo describe Anderson en "Tau Cero" o Benford
en "Efectos Relativistas". Otras naves que no utilizan el principio de
acción y reacción para desplazarse, cómo las de energía
de vacío que describe Clarke en "Cánticos de la lejana Tierra"
o Sheffield en "Las cronicas de McAndrew", también puede utilizar
esquemas de aceleración constante para generar gravedad.
Danzando entre las estrellas
Aunque algunas de las soluciones que hemos comentado resultan sumamente
ingeniosas, en realidad ninguna de ellas aborda de un modo eficiente el
problema de la trayectoria inercial intermedia de cualquier viaje espacial
de mediana duración. Y, en cualquier caso, tampoco son aplicables
a estructuras estacionarias situadas en órbita. Sin embargo, de
nuevo podemos recurrir a un sencillo mecanismo para aplicar el principio
de equivalencia a fin de simular los efectos de la gravedad dentro de estas
estructuras: hacerlas girar. Asi, la fuerza centrífuga, ese derivado
de la inercia de los cuerpos sometidos a rotación es, de acuerdo
con el principio de equivalencia, un perfecto sustituto de la gravedad.
El coste energético de la rotación es mínimo, pues
una vez iniciado el giro, al no existir rozamiento, el movimiento debería
mantenerse casi eternamente. Y, además, modificando el radio y la
velocidad angular, podremos obtener los valores de pseudogravedad que resulten
más convenientes para nuestras necesidades. De este modo, para generar
gravedad en una estructura orbital solo tendremos que diseñarla
con geometría de rotación (un cilindro o un toro de revolución)
y hacerla girar sobre su eje.
En el caso de una nave, durante la fase de aceleración las mantendremos
estables, pero al entrar en la parte inercial de la trayectoria simplemente
tendremos que hacerlas girar sobre su eje de desplazamiento, cómo
sucedía por ejemplo en el caso de la astronave rusa Leonov
en "2010, odisea dos", de Clarke, para generar gravedad en su interior.
Debido a su eficacia y sencillez las estructuras giratorias se han convertido
en uno de los generadores gravitatorios más apetecibles que ha dado
de sí el género. La rotación centrífuga se
utiliza en muchas novelas cómo mecanismo de adaptación intermedio
para que los habitantes del espacio puedan descender sobre una superficie
planetaria. Ejemplos los tenemos en la ya citadas "Un fantasma recorre
Texas" y "Mundos". En las estaciones espaciales, desde la de "2001, una
odisea del espacio" a Babylon 5, la rotación se ha convertido
prácticamente en un estándar de diseño. La megalítica
estructura del Mundo Anillo, de Niven, también rota para
generar gravedad, con el añadido de que su enorme diámetro
(recordemos que en el centro del anillo se situaba una estrella que era
la que proporcionaba energía al mismo) permite que cualquier nave
situada sobre la cara exterior alcance inmediatamente la velocidad de escape
al desprenderse de la misma, cómo una piedra impulsada por una honda
gigantesca.
Muchas naves también han utilizado elementos giratorios cómo
parte de su sistema de soporte vital. En "Mundos en el abismo" se utilizaba
la rotación de los veleros solares tanto para desplegar sus velas
cómo para proporcionar gravedad artificial a la tripulación.
En combate, sin embargo, se detenía el giro por cuestiones de estabilidad
y maniobrabilidad. La Discovery de "2001, una odisea del espacio"
estaba dotada de un anillo centrífugo en cuyo interior se llevaban
a cabo las actividades cotidianas. Esa misma estructura aparecía
también en la película "Misión a Marte", que contenía
un gran número de homenajes a la obra de Kubric. En ambos casos,
la necesidad de trasladarse entre zonas con diferente nivel de gravedad
y consideraciones estructurales determinaban que la velocidad de giro del
tambor no fuese demasiado elevada, por lo que los astronautas debían
complementar con un riguroso programa de ejercicios físicos la menor
gravedad producida por el mismo.
Pero el ejemplo perfecto de empleo de este sistema de gravedad lo encontramos,
sin duda, en Rama, la inmensa nave interestelar de "Cita con Rama",
de Clarke. Rama es un cilindro giratorio de kilómetros de
diámetro, en cuyo interior existe un gradiente de gravedad decreciente
que va del eje de giro a la superficie de la cara interna del cilindro.
Su gran diámetro le permite mantener una gravedad apreciable con
una velocidad de giro no excesivamente alta, mientras que su geometría
cilíndrica permite un fácil acceso al interior a partir del
eje ingrávido. Rama es la nave de rotación por excelencia,
cuyo diseño se ha repetido en mayor o menor grado en muchas otras
novelas del género, desde "Eón" (donde "la Patata", el asteroide
hueco en el que comienza la acción, consigue parte de su gravedad
por rotación), hasta la trilogía de los mundos, de Haldeman,
en la que la mayor parte de las arcologias orbitales utilizan este sistema
para acondicionar la gravedad de los hábitats a las necesidades
de sus habitantes.
La rotación es, por tanto, un sistema excelente para proporcionar
gravedad a una tripulación humana en viajes espaciales de larga
duración o en estructuras permanentes situadas en órbita.
Sin embargo, tampoco está exenta de inconvenientes. El primero es,
curiosamente, que desde un punto de vista constructivo una gravedad es
un valor de aceleración bastante elevado. Las fuerzas estructurales
a las que se encuentran sometidos los materiales situados en la parte externa
del sistema que gira son inmensas, y, además, en naves espaciales
es preciso tener en cuenta tanto los problemas de vibraciones (que fueron
los que desestimaron en la fase de diseño de la ISS, la estación
espacial internacional, que la misma girase) cómo los derivados
de la transmisión de giro interno del anillo a la estructura externa
que lo sustenta. Ciertamente, en el espacio no hay nada que "ancle" a la
nave respecto de lo que la rodea, por lo que la rotación residual
transmitida a la misma a través del rozamiento del anillo tendera
a hacerla girar en sentido contrario a la rotación del carrusel.
Este es precisamente el problema que se plantea en "2010, Odisea dos" cuando
la tripulación de la Leonov intenta abordar a la Discovery
en órbita de Júpiter tras haber permanecido la misma abandonada
en ese punto durante varios años.
Otro efecto curioso propio de sistemas giratorios es la aceleración
de Coriolis. La aceleración de Coriolis no es real, sino un efecto
secundario consecuencia del movimiento dentro de un sistema que rota. Imaginemos
que nos encontramos sobre la superficie interna de un cilindro que esta
girando y arrojamos una pelota paralela al eje de rotación. Parece
lógico pensar que la pelota describirá una trayectoria rectilínea.
Pero en realidad el cilindro seguirá girando debajo de ella, de
modo que cuando llegue a la altura de su destino habrá sufrido una
desviación exactamente cómo si una aceleración invisible
hubiera tirado de ella. La aceleración de Coriolis depende del radio
de giro y de la velocidad angular, pero cómo en una astronave dicho
radio debe ser forzosamente reducido, es un punto muy a tener en cuenta
a la hora de aprender a desplazarse sin problemas. Una buena descripción
de estos efectos la tenemos en la narración del descenso de los
paracaidistas rusos desde el eje de una estación espacial en "Eón",
de Greg Bear.
Sin embargo, la mayor pega de los sistemas centrífugos, especialmente
en las naves espaciales, es el de la gravedad diferencial. Tal y como comentamos
más arriba el valor de la aceleración centrífuga depende
de la distancia al punto de giro y de la velocidad angular. Pero el radio
de giro de un carrusel centrífugo esta limitado por el diámetro
máximo de la nave. En un habitáculo de 4 metros de diámetro
siempre podríamos ajustar la gravedad incrementando la velocidad
angular... pero entonces nos encontraríamos que los pies, por ejemplo,
estarían sometidos a una aceleración de una g, mientras
que la cabeza se encontraría prácticamente en caída
libre. La sangre se agolparía literalmente en las extremidades inferiores,
en una especie de efecto marea rotacional, dando lugar a efectos fisiológicos
impredecibles. Lógicamente, siempre podríamos escoger la
opción Rama, construyendo naves de kilómetros de diámetro
en las que estos efectos resultasen despreciables. Pero esta no es, sin
duda, una solución demasiado elegante. La NASA ha planteado dentro
del marco de los estudios que se están llevando a cabo para un posible
viaje a Marte durante la próxima década una solución
intermedia: al alcanzarse la parte inercial de la trayectoria, la nave
se divide en dos módulos separados por un cable de longitud arbitraria.
Entonces se imprime una rotación angular al sistema, de modo que
el módulo habitado tiene una gravedad centrífuga cuyo valor
puede ajustarse mediante la velocidad de rotación (que solo viene
limitada por la resistencia del cable) y en donde se pueden minimizar los
efectos de la gravedad diferencial variando la distancia que separa ambos
módulos. En la novela de Poul Anderson "Las estrellas son de fuego"
aparecen distintos modelos de centrifugadores en cuyo diseño y especificaciones
de funcionamiento se tienen en cuenta estos efectos de gravedad diferencial.
Con la fuerza de un gigante.
Hasta ahora hemos considerado las alternativas de las que disponemos
para desplazarnos por un medio de gravedad inferior a la Terrestre. Pero
¿qué sucede en el caso contrario?. La adaptación a
ambientes de alta gravedad resulta bastante complicada. Conforme aumenta
nuestro peso, la movilidad disminuye: bajo una aceleración de diez
gravedades, un individuo normal tiene un peso de prácticamente una
tonelada. El corazón tiene cada vez más problemas para bombear
sangre y aumenta el riesgo de dolencias cardiacas. La más leve caída
puede provocar lesiones de importancia: en "La guerra interminable", de
Haldeman, una simple arruga en el traje de presión provoca una herida
casi fatal a la compañera del protagonista, Marigay. El umbral de
la consciencia se sitúa en torno a las diez u once gravedades. Por
encima de ese punto, se pierde el conocimiento y poco más allá
sobreviene la muerte.
Por desgracia, las altas gravedades no son un problema exclusivo de
cuerpos celestes sumamente masivos, sino que pueden aparecer fácilmente
en cualquier desplazamiento a partir del principio de equivalencia al que
nos hemos referido varias veces a lo largo del artículo. Un simple
avión atmosférico que realice un giro cerrado de apenas unos
cuantos centenares de metros a 900 Km/h puede alcanzar fácilmente
el umbral de tolerancia orgánica a la aceleración. Para evitar
esto, los pilotos visten el llamado traje anti g, que consiste básicamente
en una prenda que al ser sometida a una cierta aceleración se hincha
bloqueando el desplazamiento de la sangre para evitar que el que la viste
pierda el conocimiento. Esta es una solución válida, aunque
solo durante unos breves instantes y en ningún caso para un viaje
prolongado o para soportar las aceleraciones propias de un viaje espacial
en el que la nave no se desplaza a 800 Km/h sino a 30 Km/seg.
El problema en este caso es, por tanto, que si bien disponemos de un
gran número de mecanismos para adaptarnos a la ausencia de peso,
prácticamente estamos inermes frente a las gravedades elevadas.
Ya en una de las primeras novelas del género, "De la tierra a la
luna" de Julio Verne, se proponía un mecanismo hidráulico
para compensar las inmensas aceleraciones derivadas de lanzar la nave de
los protagonistas hacia la luna utilizando un cañón. Aunque
la solución propuesta por Verne es ineficaz (los intrépidos
exploradores habían fallecido sin duda durante el lanzamiento),
en otras condiciones si puede utilizarse el recurso de los tanques de flotación
para minimizar el efecto de la aceleración, aprovechando el empuje
proporcionado por el principio de Arquímedes para compensar el tirón
de la gravedad. Desgraciadamente este mecanismo, cómo el del traje
anti
g, solo es válido durante un periodo reducido de tiempo y a
costa de la movilidad del viajero.
En "La guerra interminable" se utiliza una variante de este procedimiento
bastante más sofisticada: a los tripulantes se les inserta una válvula
capaz de inyectar líquido dentro de la cavidad abdominal, de modo
que controlando la presión del mismo pueden compensarse las aceleraciones
externas eficazmente. Con este mecanismo el tope de la tolerancia biológica
sube casi al centenar de gravedades típicas de un combate espacial.
En la misma novela se describen también la existencia de una serie
de tanques móviles que son utilizados por la tripulación
para desplazarse por el interior de la nave para llevar a cabo las mínimas
maniobras de control precisas en esas circunstancias. La misma idea de
válvulas internas es empleada por Robert L. Forward en "Camelot
30K" para compensar las enormes aceleraciones de despegue asociadas a un
cable catapulta que se usa para enviar una nave de exploración al
cinturón de Kuiper para llevar a cabo un primer contacto con una
peculiar civilización extraterrestre.
La utilización de válvulas implantadas para soportar la
aceleración abre el campo de una posibilidad a la que ya hemos aludido
con anterioridad: el ciborg. Los ciborg están particularmente bien
adaptados a los ambientes de alta aceleración. Por ejemplo, en el
clásico de Henry Kuttner, "Camuflaje", una nave espacial pilotada
por un ciborg utiliza su capacidad de aceleración y deceleración
bruscas para deshacerse de unos piratas espaciales que pretendían
apoderarse de la misma. "Encuentro con Medusa", de Clarke, cuenta las peripecias
de un humano, superviviente de un terrible accidente, que utiliza las capacidades
adicionales que le proporcionan sus prótesis para la exploración
del planeta Júpiter. En el siguiente estadio, la fusión mente-máquina,
la tolerancia a la aceleración viene determinada por la resistencia
de los componentes de la nave, miles de veces superior a la de un cuerpo
orgánico. Especialmente interesante en ese sentido es el relato
"Cambio marino", de Thomas N. Scortia, donde se narra magníficamente
la transición de ciborg a nave consciente y las servidumbres y el
precio que ello implica.
Una alternativa a la implantación de la mente en una máquina
es la utilización de un cuerpo que este adaptado al ambiente de
alta gravedad para llevar a cabo la experiencia. En el clásico de
Simak "Deserción", los terrestres trasladan sus mentes a los cuerpos
de los nativos del planeta Júpiter, con unos interesantes efectos
secundarios. Curiosamente, no son demasiados los extraterrestres adaptados
a ambientes de alta gravedad que aparecen en el género. Por ejemplo,
en "El mundo al final del tiempo" aparece una raza de seres que viven dentro
de las estrellas (uno de los sitios en los que la gravedad es más
alta del universo), pero a la que no afectan los campos gravitatorios por
estar hechos de energía. Los Hechees de la serie de "Pórtico",
de Pohl, han evolucionado en un campo de gravedad semejante al terrestre,
pero tienen su refugio dentro de un agujero negro. En "Misión de
Gravedad", Hal Clements nos describe magistralmente las diferentes formas
de vida que existen sobre el planeta Mesklin, grande y denso, con una gravedad
que varia de los 3g del ecuador a los 300g de los polos, y la odisea de
un osado mesklinita en busca de una sonda espacial terrestre.
Pero sin duda, Forward es el autor de la que podemos considerar cómo
una de las especulaciones más osadas e inteligentes sobre ambientes
de alta gravedad. "Huevo de Dragón" narra las peripecias de los
Cheelas, una especie extraterrestre que vive y desarrolla una civilización
sobre la superficie de una estrella de neutrones. En este ambiente existe
un campo gravitatorio de 67000 millones de g a nivel del suelo, con unos
campos magnéticos de billones de gauss. La descripción que
se hace de la fisiología cheela y su adaptación a tan peculiares
condiciones de vida es simplemente mágnifica.
En esta novela se desarrolla un original mecanismo para compensar las
monstruosas atracciones gravitatorias propias de un ambiente de este tipo.
Durante el transcurso de la trama, la nave terrestre se encuentra situada
en una órbita estacionaria sobre la superficie de la estrella. En
dicho punto, la gravedad todavía es de 40 millones de g, pero se
anula en su mayor parte con la componente debida a la rotación del
vehículo, por estar el mismo en órbita. El problema en este
caso aparece porque esta cancelación solo es válida para
el centro de masas de la nave. Conforme nos alejamos del mismo, la gravedad
vuelve a incrementarse al acercamos a la estrella y a disminuir al alejarnos.
Debido a esto, si un viajero se situase en el centro de masas de la nave
con los pies mirando a la estrella, la parte central de su cuerpo estaría
ingrávida, pero entre la cabeza y los pies existiría un diferencial
de gravedad de 400 gravedades. Esto es lo que se conoce cómo "fuerzas
de marea" pues es precisamente el mecanismo que determina la aparición
de las mareas en los mares terrestres, dado que la luna atrae con más
fuerza el agua que está situada directamente debajo de ella que
la que se encuentra en el otro extremo del planeta. Los efectos de estas
fuerzas ya fueron planteados por Niven en sus relatos "Estrella de Neutrones",
ganador del Hugo, y en "Hay mareas". Pero es Forward el que ofrece una
solución ciertamente brillante al problema. Para ello sitúa
seis enormes masas ultradensas girando en torno a la nave humana. En el
punto central de la misma, la atracción de las seis masas se compensa.
Modificando la velocidad de rotación y diseñando adecuadamente
las esferas ultradensas es posible crear en la parte central del vehículo
un área en la que se anulan los efectos de las fuerzas de marea
de la estrella. Precisamente en la continuación de esta novela,
"Estrellamoto", la Matadragones se ve en peligro de ser desintegrada
por el fallo de una de las esferas de compensación, que provoca
un remolino de fuerzas gravitatorias cambiantes en su interior.
Huevo de dragón plantea también el empleo de un
interesante mecanismo generador de gravedad: la utilización de un
agujero negro, una masa extraordinariamente densa situada en un volumen
diminuto de espacio y por tanto susceptible de ser incorporada a una nave.
Las posibilidades de este sistema como compensador de inercia fueron posteriormente
desarrolladas por Charles Sheffield en su obra Las crónicas
de McAndrew, donde se plantea la utilización de un plato de
materia condensada para anular las aceleraciones asociadas al viaje espacial.
En efecto, si la gravedad resulta indistinguible de la
inercia, lo que propone Sheffield es situar una masa enorme, pero puntual,
a cierta distancia de la parte frontal de la nave que se desea acelerar.
En reposo, creará un campo
gravitatorio en dirección al morro. Cuando la nave acelere, la inercia
tenderá a compensar ese campo gravitatorio. Pero ese efecto podría
variarse fácilmente alterando la distancia que separa a la
masa de la nave. Cuanto más cerca estuviera, mayor aceleración
podría conseguirse sin que la tripulación percibiera sus
efectos. Obviamente llegaría un punto en que las fuerzas de marea
sí serían
perceptibles, según vimos más arriba. Pero hasta alcanzar
ese umbral existen un amplio margen de aceleraciones que pueden ser compensadas
mediante este mecanismo.
La utilización de materia superdensa como compensador de inercia
puede resultar atrevida, pero hay propuestas todavía más
radicales. Simmons, en "Endymion", utiliza un sistema para zafarse de los
efectos de la aceleración de lo más original. El problema
que se plantea en este universo es que sus naves MRL tienen que situarse
a una determinada distancia del planeta de origen antes de saltar a velocidad
hiperlumínica. En ese trayecto se consume un tiempo precioso, que
puede ser de semanas o meses. Las naves de la clase Arcángel, sin
embargo, no tienen ese inconveniente. Las mismas parten con una aceleración
enorme, del orden de cientos de gravedades, lo que les permite alcanzar
el punto de salto muy deprisa. Lógicamente, la tripulación
muere instantáneamente, convertida literalmente en puré...
pero no importa, porque los cruciformes que llevan sobre sus carnes, una
especie de parásito con ciertas interesantes propiedades, les resucitaran
intactos en el punto de destino. Un sistema ciertamente brutal, pero eficaz,
de ahorrar tiempo de viaje.
Antigravedad
La idea de media docena de masas trazando un complicado encaje de bolillos
en torno a una nave espacial puede resultar muy consistente científicamente,
pero de seguro provoca sudores fríos a muchos lectores del género.
Afortunadamente para ellos, en muchas novelas suelen utilizarse una serie
de artificios más o menos elaborados y más o menos afortunados
que evitan oportunamente todo este tipo de problemas. El primero de todos
es, sin duda, el ignorar directamente los efectos de la gravedad en el
desarrollo de la trama. Cuando en "Armaggedon" los tripulantes de una lanzadera
que está llevando a cabo una maniobra a más de 10 g levantan
tranquilamente sus brazos y gesticulan cómo si estuvieran disfrutando
de un emocionante viaje en una montaña rusa, no parecen ser demasiado
conscientes de que cada uno de esos brazos que agitan con tanta alegría
pesan posiblemente más de cien kilos. Lo mismo podría decirse
de tantas y tantas películas, empezando por la famosa serie de "La
guerra de las galaxias", donde las naves efectúan bruscos cambios
de dirección y velocidad volando a decenas de miles de kilómetros
por hora sin que los tripulantes ni siquiera se despeinen. Para los que
gustan de dar algo más de justificación a su trama, generadores
gravitatorios, campos de compensación, incluso la antigravedad son
recursos utilizados muy a menudo para quitar de en medio a esta molesta
compañera de los viajes espaciales cuyos efectos estamos comentando.
El concepto de antigravedad es casi tan viejo cómo el género.
En su novela "Los primeros hombres en la Luna", H. G. Wells presenta una
sustancia llamada cavorita, en honor al científico que la
descubrió, cuya principal característica es su capacidad
para apantallar la gravedad. Utilizando esta curiosa propiedad, los personajes
de Wells construyen una nave espacial capaz de viajar a la Luna formada
por una esfera recubierta de paneles plegables forrados de cavorita. Cuando
todos los paneles se encuentran cerrados, la esfera se encuentra aislada
de cualquier tipo de influencia gravitatoria y flota libremente. Para dirigirla
en uno u otro sentido, basta con abrir y cerrar selectivamente los paneles
adecuados de modo que se exponiendo la sección en cuestión
de la nave a la atracción de la gravedad se genere una fuerza que
impulse a la nave en la dirección dada.
El método de Wells resulta bastante intuitivo, pero desgraciadamente
es poco práctico. Las razones las explica perfectamente Isaac Asimov
en su relato "La bola de billar". En el mismo, la competencia entre un
físico y un ingeniero da cómo resultado un peculiar aparato
antigravedad. Sin embargo, este aparato presenta un grave problema: al
desaparecer la gravedad, todo el resto de fuerzas que actúan sobre
el objeto situado en su interior, la inercia derivada del giro de la Tierra
sobre su eje, en torno al Sol, los movimientos del sistema solar dentro
de la galaxia, etc y que eran compensados por la gravedad eliminada aparecen
de golpe sobre el mismo, permitiendo una utilización extremadamente
poco convencional del invento.
Asimov utiliza para justificar su antigravedad la modificación
de las características topológicas del espacio. En efecto,
considerando al mismo según el modelo de la lámina de goma,
Asimov propugna una modificación de sus propiedades locales para
hacerlo más resistente a la deformación introducida por una
masa. En la serie de Star Trek se utiliza un procedimiento muy semejante
tanto para viajar más deprisa que la luz cómo para generar
un eficaz cancelador de inercia y sistema de gravedad artificial: la utilización
de dispositivos de curvatura. Curiosamente dentro de una serie que se caracteriza
muchas veces por un desaforado empleo de tecnojerga, la deformación
del espacio es un procedimiento físicamente valido para conseguir
antigravedad. Tanto la propulsión a distorsión cómo
la gravedad artificial son algo que podría lograrse con relativa
facilidad mediante la aplicación de energía negativa sin
violar ningún principio físico. El problema en este caso
esta, lógicamente, en cómo conseguir esa forma extremadamente
rara de energía en las cantidades necesarias.
Ante este tipo de problemas, algunos autores han tomado diferentes atajos
para conseguir el mismo efecto. En "El cielo cruel", Clarke presenta una
conversor electrogravitatorio capaz de transformar energía eléctrica
en gravedad y viceversa. Este conversor, diseñado en forma de mochila,
sirve para reducir el peso de unos alpinistas que pretenden conquistar
el Everest, aunque encuentran una serie de inesperados problemas en el
trayecto. Julian May, en su saga de Medio Galáctico, parte de la
resolución de la tan deseada teoría unificada de los campos
gravitatorios y magnéticos para desarrollar un sistema de propulsión
gravomagnético, en el que campos magnéticos se utilizan para
modificar la acción de la gravedad. "Tau Cero", de Poul Anderson,
narra la peripecia de una nave estatocolectora a la que un fallo en el
motor le impide deternerse. Cómo vimos más arriba, la estatocolectora
puede mantener fácilmente un esquema de aceleración continua
debido a las peculiares características de su motor. Pero Anderson
va más allá. Aprovechando el sistema de captación
de materia inerte del que esta dotado la estatocolectora, basado en la
utilización de campos electromagnéticos con una determinada
geometría que interactuan sobre la materia mediante fuerzas magnetohidrodinámicas,
el autor desarrolla un sistema de compensación de la aceleración
que permite reducir los tiempos de viaje de la nave al alcanzar la misma
más rápidamente su velocidad de crucero.
Los campos más o menos milagrosos en los que la inercia simplemente
no existe son la ultima de las soluciones propuestas para evitar los problemas
que estamos discutiendo. En "La guerra interminable", Haldeman propone
la existencia de un campo de protección en el que nada puede moverse
por encima de una determinada velocidad y en el que no se consiente ningún
tipo de actividad eléctrica. Éste tiene unos efectos sumamente
interesantes, porque la exposición a este tipo de campo genera la
muerte instantánea a todo aquel sometido a su influencia al fallar
las conexiones sinápticas. Pero donde este sistema de protección
se demuestra completamente eficaz frente a los problemas que estamos estudiando
es con el empleo de los llamados campos de éxtasis. Dentro de un
campo de éxtasis no existe interacción de ningún tipo
con el mundo exterior. En algunos casos, incluso deja de correr el tiempo.
Esto los convierte en la defensa perfecta frente a los efectos de la gravedad
y de la inercia. Por ejemplo, en "Aparato contra tendencia", de Cristopher
Anvil, existen ingenios de este tipo que se utilizan cómo eficaces
módulos anticolisión en los automóviles. Pero es en
la serie de las burbujas, de Vernon Vinge, donde mejor se exponen
las propiedades de este tipo de campos, que permiten desde la propulsión
de naves espaciales haciendo estallar bombas nucleares tras las mismas
cómo el viajar cómodamente por el tiempo, eso si, en un solo
sentido.
Conclusión
Cuando se reflexiona sobre la pregunta "¿Qué necesita
el hombre para viajar por el espacio?", normalmente acuden a nuestra mente
las respuestas más inmediatas: una carcasa que nos proteja del vacío
y nos transporte, aire para respirar y calor para evitar el abrazo helado
de la noche interestelar. Pero pocos pensaran en la gravedad. La gravedad
puede matarnos, no solamente a través de una caída, sino
deformando nuestros huesos y agotando a lo largo de los años nuestro
sistema circulatorio. Sin embargo, su ausencia nos enferma gravemente,
y puede convertir la colonización del espacio en una especie de
camino sin retorno, separándonos en dos especies diferentes incapaces
de compartir el mismo hábitat. Hoy apenas empezamos a asomarnos
a los bordes de la última frontera que se abre ante la humanidad.
Pero cuando estemos dispuestos a afrontar ese salto, a cruzar el inmenso
vacío que nos separa de los planetas y de las estrellas, sabemos
que tendremos que llevar con nosotros, cómo titanes cargando con
el peso de un mundo, a nuestra inseparable compañera, la gravedad
del planeta que nos vió nacer.
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 2001