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LA MASCARA DE LA MUERTE ROJA

La película 12 monos (Terry Gilliam, 1995) empieza con una humanidad prácticamente al borde de la extinción. Un ataque terrorista ha liberado un mortífero virus sobre la superficie del planeta y los supervivientes se ven obligados a vivir bajo tierra en unas estancias herméticamente selladas para eludir el contagio. Su única esperanza se centra en intentar enviar al protagonista al pasado para que intente averiguar qué fue lo que sucedió exactamente en tan funesto día para poder elaborar una vacuna. Sólo que bucear en el tiempo, cuando todos los registros se han perdido, puede ser una tarea francamente complicada. Esta película será para muchos una obra de ficción más. Pero lo cierto es que en nuestro mundo esas circunstancias podrían hacerse realidad en cualquier momento: sin ir más lejos, hace poco se comunicó la detención de una célula terrorista islámica entre cuyas ropas se encontraron restos de ricino, una de las biotoxinas más mortíferas que se conocen en la actualidad.

La dama de la guadaña

La enfermedad y la muerte son características de los seres vivos de este planeta. Todos ellos están condenados a sufrir el ataque de virus y otros microorganismos y a padecer sus efectos. Cuando este ataque afecta a un gran número de individuos en un momento y lugar determinados hablamos de que se ha producido una epidemia.

En el reino animal existen numerosas enfermedades epidémicas. Por ejemplo, los cerdos padecen la peste porcina africana, una infección vírica para la que no existe cura, y cuyo único procedimiento de erradicación consiste en el sacrifico de todos los animales de la zona en donde se ha declarado la epidemia. El ganado vacuno sufre frecuentes epidemias de fiebre aftosa, otra enfermedad vírica que suele matar a los animales jóvenes y hacer abortar a las hembras preñadas. Y los conejos padecen la temible mixomatosis, una enfermedad vírica transmitida por mosquitos y pulgas y responsable de una enorme mortandad entre ellos. La mixomatosis es un buen ejemplo de los devastadores efectos que puede tener una epidemia. El virus de la enfermedad, que en principio solo afectaba a los conejos brasileños, se introdujo por el hombre en Australia para controlar a las enormes poblaciones de estos roedores que allí vivían. Pero tuvieron lugar dos efectos inesperados: la medida solo tuvo éxito en zonas húmedas donde podían vivir los mosquitos que transmitían la enfermedad, y ésta pronto sobrepasó las fronteras australianas para llegar a Europa. Y allí, la enorme mortandad de conejos trajo como consecuencia una catástrofe en toda la cadena trófica, que se vió privada de su fuente de alimentos casi de raíz.

Aunque producidas por diferentes organismos y partículas, la mayor parte de las epidemias tienen unas características semejantes. Son enfermedades infecciosas originadas por la invasión del cuerpo por virus, bacterias, parásitos o partículas infecciosas como los priones. El procedimiento de invasión varia según los casos: a veces la infección nos llega por el aire, al respirar. En otra ocasiones es necesario el contacto directo con un enfermo o pueden intervenir en la propagación vectores como mosquitos o garrapatas que al alimentarse de sus víctimas les inoculan la enfermedad. Debido a esto, muchas veces las epidemias tienen un fuerte componente geográfico: por ejemplo, el paludismo suele ser una enfermedad endémica de las zonas pantanosas donde vive el mosquito Anopheles que transmite la enfermedad. En otras ocasiones la aglomeración de individuos en un espacio reducido favorece el contagio, al igual que la debilidad, el hambre u otros factores que merman o eliminan las defensas naturales del organismo.

Los mil tentáculos de la enfermedad

La humanidad también ha sufrido su propia colección de epidemias y pandemias. La peste bubónica, el sarampión, la viruela, la gripe, o más recientemente el SIDA son enfermedades que han afectado a miles de millones de seres humanos a lo largo de nuestra historia. Curiosamente, muchas de las características de nuestra evolución tecnológica y cultural han favorecido la aparición de grandes epidemias. Por ejemplo, la vida en las ciudades, con el incremento de la densidad de la población que ello supone y los deficientes sistemas higiénicos y de alcantarillado que muchas veces tenían creaban un entorno ideal para el desarrollo de todo tipo de plagas.

Históricamente resulta difícil cuantificar cuál ha sido el impacto de las grandes epidemias en la evolución del género humano. Por ejemplo, en la gran epidemia de peste bubónica de finales de la Edad Media, los especialistas no se ponen de acuerdo ni en el número de afectados. Por una parte, en aquella época no se llevaban unos registros rigurosos de población. Por otra, la enorme mortandad asociada (en algunos lugares del 100%) hacía difícil una valoración objetiva por parte de los supervivientes de lo que había sucedido. La epidemia al parecer comenzó en Extremo Oriente, donde a pesar de que sus ciudades eran con mucho de las más salubres y avanzadas urbanísticamente del mundo, la peste se cobró del orden de trece millones de vidas. A partir de ahí, fue desplazándose vorazmente hasta alcanzar Europa. Y allí sus efectos fueron devastadores: la conjunción del hacinamiento de la población, las insalubres condiciones de vida y el hambre provocada por las malas cosechas se conjugaron para dar lugar a una mortandad increíble. Nunca se sabrá cuanta gente murió en aquella epidemia, pero las estimaciones más optimistas hablan de veinte millones de muertos en una población estimada de unos sesenta millones de personas.

Lógicamente, los efectos de esta mortandad trascendieron a los puramente demográficos. Por ejemplo, la disminución de la población determinó el abandono durante décadas de las peores tierras de cultivo en las montañas, debido a que los supervivientes se desplazaron para ocupar las bajas que se habían producido entre los habitantes de las tierras mas productivas. En determinadas zonas, la peste provocó una subida enorme de los salarios, debido a la disminución en la oferta de mano de obra. Y en general los ecos de sus efectos sobre el arte, la literatura y la espiritualidad en algunas ocasiones se han prolongado prácticamente hasta nuestros dias.

Un rayo de esperanza

Conforme la ciencia y la sociedad han ido evolucionando la humanidad ha descubierto poderosas herramientas para enfrentarse a estas calamidades. Por ejemplo, en el siglo XIV la peste era considerada como un castigo de Dios, puesto que no sólo no había cura conocida, sino que ni siquiera su origen estaba claro. En la actualidad sabemos que esta provocada por un bacilo, la Yersinia pestis, y disponemos de una amplia gama de antibióticos para tratarla. Esto ha permitido que la mortalidad inicial del 70% al 90% haya quedado reducida apenas a un 5 o un 10% de los afectados.

La mejora en las condiciones de vida también ha influido en la disminución de la incidencia de muchas enfermedades. En efecto, la acción contra los vectores de propagación ha demostrado ser muy eficaz, como por ejemplo la lucha contra ratas y pulgas en el caso de la peste o los mosquitos que transmiten el paludismo y la malaria. Otro factor importante a tener en cuenta ha sido el empleo masivo de vacunas, que ha permitido plantar cara a muchas de las infecciones provocadas por virus y bacterias que nos afligían desde la más remota antigüedad. Por ejemplo, la viruela, una enfermedad vírica extremadamente contagiosa, en la actualidad ha sido prácticamente erradicada de la superficie del planeta. Gracias a la vacunación, proceso descubierto por Edward Jenner en el siglo XVIII (cuando era una de las principales causas de mortandad), el ultimo caso de viruela del que se tiene noticia data de 1979.

Los renglones torcidos del progreso

Todas estas victorias en la lucha contra la enfermedad podrían inducirnos a un cierto optimismo a la hora de evaluar la evolución futura de este tipo de dolencias. Pero seria una actitud poco realista. Como hemos visto, el progreso ha aportado un grado de conocimiento y control de estos agentes epidemiológicos como no se había conocido antes en toda la historia de la humanidad. Pero también ha traído consigo sus propias servidumbres. La población del planeta no para de crecer, y cuanto más crece más crecen también las zonas con una altísima densidad de población. Zonas que podrían convertirse en el equivalente de un bosque de madera seca en verano en caso de epidemia.

Por otra parte, la tan cacareada globalización no es solamente un proceso económico o cultural, sino que también muestra una vertiente muchísimo más siniestra: la globalizacion de las enfermedades, debido a la mejora de las comunicaciones y a los flujos de población entre diferentes zonas del planeta. En la Antigüedad las epidemias necesitaban años para propagarse, y muchas veces su zona de influencia quedaba limitada por los accidentes geográficos. En cambio, ahora un virus puede distribuirse por toda la superficie del planeta en cuestión de horas. El resultado es que somos muchísimo más vulnerables a la propagación de cualquier epidemia, y que enfermedades que eran características de zonas geográficas muy concretas, como el virus del Nilo occidental o la malaria, ahora pueden encontrarse en sitios muy alejados de su origen debido a los flujos de emigración.

Otro factor a tener en cuenta es que aunque médicamente hayamos derrotado a muchas enfermedades, eso no significa que los microorganismos responsables se hayan extinguido. Por ejemplo, es verdad que desde 1894 no ha vuelto a darse ninguna gran pandemia de peste bubónica. Pero la Yersinia Pestis continua presente en amplias zonas del planeta, esperando tan sólo a que se den las condiciones adecuadas para resurgir. Lo cierto es que a día de hoy ni siquiera estamos completamente seguros de las causas de su declive. Se especula que la predominancia de la rata parda sobre la rata negra podría haber alterado las pautas de propagación de la enfermedad (las ratas pardas son más resistentes que las negras a esta plaga), pero no deja de ser una elucubración más sobre un fenómeno de cuyos orígenes no estamos nada seguros.

Además, los antibióticos tampoco han resultado ser la panacea universal que pensábamos hace unos años. Los microorganismos nos reservan todavía muchas sorpresas desagradables. Una de ellas es el fenómeno de la resistencia: poblaciones de bacterias expuestas a la acción de un antibiótico van adquiriendo una inmunidad cada vez mayor a éste, hasta que termina siendo completamente ineficaz. Por ejemplo, los tratamientos del SIDA prescribían dosis masivas de antibióticos para hacer frente a las infecciones oportunistas que experimentaban los enfermos de esta dolencia al derrumbarse su sistema inmunológico. Sin embargo, como resultado de dichos tratamientos han aparecido cepas de microorganismos resistentes, que han provocado un resurgir de enfermedades largo tiempo olvidadas como la tuberculosis.

Una lucha sin cuartel

Algo parecido sucede con las vacunas. Determinadas enfermedades víricas, como la viruela, han sido virtualmente extinguidas. Otras, como la polio o el sarampión han visto su incidencia reducidas a un mínimo debido a la masiva vacunación de la población. Pero no todos los virus pueden ser detenidos mediante esta estrategia. Tomemos por ejemplo el caso de la gripe. La gripe, provocada por el virus de la influenza, es sumamente contagiosa, propagándose por el aire a través de la tos y los estornudos. Esto da lugar a periódicas pandemias, algunas de ellas de extraordinaria virulencia: se estima que la epidemia de “gripe española” de 1918 afectó a un quinto de la población mundial y termino produciendo unos veinte millones de muertos en todo el planeta.

El virus de la gripe fue aislado en 1933 y la primera vacuna fue desarrollada en 1950. Sin embargo, hoy en día está demostrado que esas vacunas nunca son completamente eficaces. ¿Por qué? Existen dos causas para ello. Para empezar, el virus de la gripe se presenta en forma de tres variedades antigénicas y no es posible conseguir la inmunidad cruzada entre las tres. Pero además, este virus tiene la capacidad de alterar sus antígenos de superficie, las marcas que lo identifican y que permiten al sistema inmunológico, programado por la vacuna, identificarlo como un elemento hostil y destruirlo. Esto tiene dos efectos muy importantes: no existen personas inmunes a la gripe y las vacunas contra la variedad de un año posiblemente no tendrán efecto alguno al siguiente. La única solución pasa por mantener un sistema de vigilancia continua para identificar rápidamente la mutación activa del virus y elaborar la vacuna adecuada antes de que se expanda lo suficiente.

Algo parecido sucede con el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), responsable de la peor plaga de finales del siglo XX: el SIDA. El SIDA se ha convertido en la enfermedad sexual más mortífera y de más rápida proliferación de la historia de la humanidad y una de las más devastadoras a las que jamás nos hayamos enfrentado. Actualmente es la principal causa de defunción en el África subsahariana y la cuarta causa de defunción en todo el planeta.

Al principio de la década de 1980 se detectaron diversos fallecimientos debidos a infecciones oportunistas que solo atacaban a personas con sus sistema inmunológico deprimido. Muchos de estos enfermos eran homosexuales. En 1983, especialistas franceses y americanos aislaron el retrovirus del SIDA. Y desde entonces se han contagiado con el VIH más de sesenta millones de personas y más de veinte millones han muerto.

La enfermedad se propaga a través de la sangre (bien mediante transfusiones o por el uso de drogas), pero la vía más frecuente es el contacto sexual. Una persona infectada con el VIH va perdiendo, de forma progresiva, la funcionalidad de su sistema inmunologico, lo que la hace susceptible al ataque de diversas infecciones oportunistas que eventualmente pueden provocar la muerte.

El problema que plantea el SIDA es doble. Por una parte, el objetivo de su ataque es el propio sistema inmunológico que debería protegernos contra su agresión, lo que nos vuelve terriblemente vulnerables. El otro, que su cubierta de proteínas, como la del virus de la gripe, también muta. Pero además lo hace de un modo muchísimo más eficaz. El resultado es que veinte años después de haberse descubierto el virus seguimos sin tener una vacuna eficaz contra él, aunque si se hayan desarrollado una amplia paleta de fármacos que permiten mitigar la enfermedad o incluso hacerla permanecer en estado latente durante décadas.

La más terrible de las armas

El virus del SIDA es un organismo tan mortiferamente eficaz que muchos han expresado sus dudas de que tenga un origen natural. En efecto, como hemos visto surgió casi de la nada a principio de los 80 sin un origen definido, con un sistema de protección tan eficaz como para resistir veinte años a todos los intentos por superarlo y un mecanismo de propagación que se asegura una tasa de infección elevadísima entre poblaciones que no tomen las mínimas precauciones. El VIH es un virus que no mata directamente, sino que colapsa lentamente el sistema inmunitario de su victima, exponiéndola a la acción de continuas enfermedades oportunistas durante un periodo de años para al final arrastrarla a la muerte. Y es que, en efecto, una de las mayores pesadillas que nos ha traído el siglo XX es la capacidad desarrollada por la humanidad de diseñar nuestras propias enfermedades a medida: la ingeniería genética no sólo sirve para fabricar vacunas contra los virus naturales sino que también puede emplearse para diseñar virus artificiales que las resistan.

Durante la segunda mitad del siglo XX, el concepto de arma de destrucción masiva ha estado casi siempre ligado, al menos en la mentalidad popular, a la imagen de las armas nucleares. Sin embargo, las armas biológicas, en el fondo tan mortíferas como aquéllas, son casi tan viejas como la civilización. Sus peculiares características las convierten en el sueño de cualquier conquistador. En efecto, provocar una plaga es relativamente sencillo: sólo hace falta disponer del agente infeccioso y del vector de propagación, que en buena parte de los casos resulta ser el mismo sujeto infectado (el llamado caso cero). No es necesaria una gran precisión geográfica a la hora de iniciar la infección. En realidad, ni siquiera es necesario que afecte a una amplia zona del objetivo pues un solo enfermo, llegado el caso, puede contagiar a cientos de personas durante el periodo de incubación previo a la aparición de los primeros síntomas. A su vez, éstas pueden transmitir la enfermedad a miles y decenas de miles de otras víctimas a través de un macabro efecto dominó de terrible eficacia. La mortandad en las condiciones adecuadas podría llegar fácilmente al cien por cien de la población (por el ejemplo en el caso de la peste neumónica era del 90%), pero en cambio no afecta a los bienes ni a las estructuras de la sociedad atacada (al contrario de lo que sucede con las armas nucleares, que lo destruyen todo). Tampoco es despreciable la capacidad de erosionar completamente el entramado de la sociedad no solamente a través de los muertos que provoca, sino por el colapso, primero de sus estructuras sanitarias y luego a partir de un cierto momento de sus estructuras económicas e incluso militares. En efecto, cuantos más enfermos, más personal es necesario para cuidarlos, y menos gente queda para atender a otros servicios. Por último, es necesario tener en cuenta los efectos psicológicos que se producen entre una población que se sabe condenada a muerte en cuanto empiezan a aparecer los primeros casos.

Plagas divinas

Las armas biológicas tienen una gran tradición en el arte de la guerra. Cuenta el libro del Exodo de la Biblia como Yahvé utilizó diez plagas, a cuál más terrible, para doblegar la voluntad de los egipcios y permitir que los israelitas abandonaran ese país con destino a la Tierra Prometida. Envenenar los pozos para privar al ejercito enemigo de su suministro de agua (aparte, lógicamente, de mermar sus fuerzas matando o incapacitando a los que bebieran de esas aguas contaminadas) era un ejercicio corriente en la Antigüedad. También era relativamente frecuente la práctica de catapultar dentro de las ciudades asediadas cadáveres infectados de bestias y hombres. Aparte de los aspectos psicológicos de semejante bombardeo, si la suerte acompañaba a los atacantes y una epidemia se desencadenaba dentro del espacio abarrotado e insalubre de la fortaleza asediada, un sitio que podría prolongarse durante años terminaba fácilmente en algunas semanas. Y en algunos casos incluso llegó a utilizarse el mortífero virus de la viruela, impregnando objetos en apariencia inocentes, para diezmar y debilitar a un enemigo previamente a un ataque.

Por suerte, los inconvenientes con que se encontraban los que pretendían utilizar este tipo de armas también eran muchos. Por una parte estaban los problemas de almacenamiento: en el pasado no resultaba fácil tener disponibles los agentes biológicos necesarios en el momento oportuno para el ataque y además, las posibilidades de almacenarlos de modo seguro para que no afectaran al ejército o a su propia población civil eran prácticamente nulas. Por otra parte, como en el caso de la caja de Pandora, siempre que se planteaba el empleo de este tipo de armas flotaba en el aire el omnipresente temor de que la epidemia pudiera volverse contra el que la liberara. Ciertamente, no tendría demasiado sentido que un ejercito sitiador utilizase una determinada infección para rendir una fortaleza, para resultar a su vez destruido por ella. Por último, siempre cabía la posibilidad de que el enemigo pudiese decidirse a utilizar las mismas armas siguiendo nuestro ejemplo, llegándose a un equilibrio de terror semejante al que más tarde se consiguió con las armas nucleares.

Por otra parte, la utilización de agentes biológicos no es tan sencilla como parece. Por ejemplo, si se diseminaran directamente los virus o bacterias en la atmósfera la luz solar destruiría a la mayor parte en poquísimo tiempo. Un vector de propagación como las ratas o los mosquitos (incluso otros seres humanos) protege al agente infeccioso de las agresiones del entorno, pero en cambio hace que la transmisión de la enfermedad se haga muchísimo más lenta.

Debido a esto, históricamente a las armas biológicas casi siempre se les ha dado un empleo preferentemente táctico, bien en escenarios muy delimitados en los que la enfermedad quedaba restringida a una zona específica (como una fortaleza sitiada), bien en situaciones en las que el vehículo de la infección tenía lugar en condiciones controladas, como en el caso de la contaminación de las aguas de los pozos. Incluso en el siglo XX, donde el diseño de este tipo de armas biológicas alcanzó su máxima sofisticación, apenas existen ejemplos del uso de este terrible armamento

El aliento del dragón

Muchos encontraron una alternativa para solucionar estos problemas en las armas químicas. En realidad, armas químicas y bacteriológicas han ido de la mano a lo largo de toda la historia. Sin embargo, fue a principio del siglo XX, en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial, cuando las primeras alcanzaron un nivel de letalidad tal que permitió considerarlas armas de destrucción masiva. Los gases que se desarrollaron en esa contienda para romper el estancamiento de la guerra de trincheras, como el gas mostaza o el fosgeno, resultaron ser tan mortíferos como muchas epidemias y actuaban infinitamente más rápido. Además, podían diseminarse en áreas con límites precisos, no tenían por qué volverse contra los atacantes y su efecto desaparecía pasado el tiempo.

Tantos fueron los muertos y el horror producidos por los ataques con gas que el empleo de estas armas quedó prohibido internacionalmente. Lo que no fue inconveniente, por ejemplo, para que los alemanes desarrollaran en el periodo de entreguerras la segunda generación de armas químicas, los gases nerviosos como el sarin, todavía muchísimo más mortíferos que sus predecesores. En la Segunda Guerra Mundial no hubo un empleo destacado de agentes químicos (aunque los japoneses si usaron agentes biológicos en China). Pero posteriormente, en la guerra de Vietnam, los americanos utilizaron masivamente un producto defoliante, el famoso agente naranja, que a su vez resultaba mortal. Y en la guerra irano-iraqui de los 80, Irak utilizó masivamente armas químicas tanto contra los iraníes como contra los kurdos del norte de su territorio.

El inconveniente de las armas químicas es que también son complejas de dispersar y, sobre todo, que para hacer algún efecto deben diseminarse en grandes cantidades. Por ejemplo, 4 gramos de esporas de ántrax o 40 gramos de toxina botulínica provocan el mismo número de bajas por kilometro cuadrado que 40 kilos de gas nervioso o 160 kilos de gas mostaza.

Virus a medida

El progreso de la genética, especialmente en la segunda mitad del siglo XX, ha constituido otra siniestra alternativa para minimizar los problemas asociados a las armas biológicas. La manipulación genética de los microorganismos ha permitido potenciar sus características respecto de sus homólogos naturales: más letales, más resistentes a los elementos y más fáciles de dispersar y almacenar de forma rápida y segura. Y sin olvidar que para muchos de estos organismos modificados no existe una defensa previa. En efecto, un ataque con viruela produciría sin duda muchas bajas, pero a la postre podría detenerse puesto que disponemos de una vacuna bien conocida contra ese virus. En cambio, para un virus modificado genéticamente la vacuna previa posiblemente no funcionaria. Sería necesario desarrollarla... siempre que la mortalidad y la capacidad de destrucción del virus en cuestión lo permitieran. Por ejemplo, si el virus del VIH tuviera una tasa de mortalidad como la del Ébola, resulta angustioso preguntarse donde estaríamos hoy en día teniendo en cuenta que se tardó tres años en identificarlo y que, a día de hoy, seguimos sin contar con una vacuna completamente eficaz para él.

Un problema adicional procede de la entrada de un nuevo elemento en el escenario: el terrorismo internacional. Un grupo terrorista no tiene las mismas limitaciones que un gobierno a la hora de liberar un agente químico o biológico, en tanto que por un lado su temor a las represalias es prácticamente nulo y por otra parte el temor a la propia destrucción puede estar minimizado o ser incluso inexistente. Baste recordar el atentado con gas sarin en el metro de Tokio en 1995, que se saldó con varias docenas de muertos y más de 5.000 afectados, o la campaña en envío de cartas contaminadas con esporas del ántrax que se produjo en Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

¿Cómo puede lucharse contra este tipo de amenazas? Resulta muy complicado. La amplia diversidad de agentes que pueden ser utilizados hace virtualmente imposible la inmunización previa de la población contra todos ellos. Además, como hemos visto, muchos de estos organismos modificados genéticamente carecen de vacuna. Todas las grandes potencias disponen de laboratorios e instalaciones para la investigación en agentes biológicos, supuestamente para intentar protegerse contra estos organismos. Sin embargo, esto es un arma de doble filo. En efecto, para experimentar en vacunas contra estos agentes hay que disponer de los agentes en cuestión. Pero entonces éstos pueden liberarse por accidente y originar una epidemia de proporciones impredecibles, como sucedió en 1979 cuando una fuga en una fábrica de armamento biológico provocó una epidemia de ántrax en Sverdlovsk, en la antigua Unión Soviética.

Además, los agentes producidos en estos laboratorios podrían llegar a manos terroristas y volverse contra aquellos que lo fabricaron. Por ejemplo, en la campaña de atentados con cartas infectadas de ántrax se utilizó una cepa modificada genéticamente para facilitar su difusión. En efecto, las esporas de Bacillus Antracis naturales (una de las enfermedades más antiguas conocidas, que fue epidémica durante muchos siglos aunque hoy en día la penicilina y las tetraclincinas son muy eficaces para su tratamiento, salvo en casos agudos) tienen una forma que les lleva a adherirse rápidamente a cualquier superficie. Debido a esto, permanecen poco tiempo flotando en el aire tras su dispersión, lo que disminuye la posibilidad de que sean inhaladas y provoquen un ataque de ántrax pulmonar, uno de los más mortíferos que existen. Sin embargo, las que se utilizaron en los ataques habían sido sometidas a un tratamiento destinado a eliminar esa adherencia. Y lo más curioso del caso es que según algunos expertos la modificación en cuestión podría haber sido llevada a cabo en laboratorios militares en los propios Estados Unidos.

Buscando una aguja en un pajar

Protegerse contra un ataque bacteriológico es una tarea de titanes. En general, las nubes de virus y bacterias no suelen ser fácilmente perceptibles. La infección puede llevarse a cabo bien a través del suministro del agua potable o bien a través de vectores como mosquitos o ratas. Sin embargo, en estos casos la cuantía de las bajas provocadas nunca es demasiado importante: el agua resulta relativamente sencilla de controlar en busca de infecciones y los vectores biológicos solo pueden atacar a un número limitado de individuos. Debido a esto las armas biológicas sólo adquieren la categoría de armas de destrucción masiva cuando se distribuyen por el aire, en forma de partículas de menos de una micra de grosor que son dispersadas por el viento sobre enormes superficies sin perder su virulencia: tan sólo la inhalación de 10 organismos puede provocar la enfermedad.

Otro punto a tener en cuenta es que, en líneas generales, los afectados no suelen ser conscientes de que han sido atacados salvo cuando caen enfermos. El problema es que para entonces en muchas ocasiones es ya demasiado tarde para prestarles ayuda.

Afortunadamente, el punto débil de este proceso se encuentra precisamente en el periodo de incubación que tiene lugar entre el momento en que se inhala el agente y se desarrolla la enfermedad. Si el ataque se detecta en ese punto, siempre será posible establecer medidas de cuarentena para que los afectados no diseminen la enfermedad contagiando a otras personas sanas que no se han visto expuestas directamente al agente infeccioso, al tiempo que aumentan las posibilidades de suministrarles un tratamiento precoz que permita minimizar o incluso eliminar los riesgos de desarrollar la enfermedad.

Se han propuesto varias estrategias para la detección temprana de un ataque biológico. Una puede ser algo tan sencillo como monitorizar las ventas de determinados medicamentos. La mayor parte de las enfermedades provocadas por estos agentes tienen una sintomatología inicial que puede ser fácilmente confundida con la de la gripe u otras enfermedades comunes. Un súbito incremento en el consumo de antigripales, por ejemplo, puede disparar las alarmas ante la presencia de un foco infeccioso no controlado.

Otro mecanismo para la detección de este tipo de ataques se basa en el recuento de las partículas en suspensión en la atmósfera. Si el número de partículas de un determinado tamaño supera una cierta cantidad, puede dispararse una alarma que ponga en acción procedimientos de detección más sofisticados. Una variante de este mecanismo consiste en el empleo de un LIDAR, un radar que en vez de utilizar microondas lanza un pulso de luz y después analiza los reflejos emitidos por las partículas que va encontrándose en su camino. Utilizando luz ultravioleta, que hace desprender a las células vivas una forma de fluorescencia, pueden discriminarse las nubes de agentes orgánicos del polvo el humo y la contaminación que perturban fácilmente los sistemas de recuento de partículas.

Chips de ADN

Aun con el LIDAR ultravioleta no es posible diferenciar una nube de bacterias tóxicas de otras inocuas. Para ello hace falta recurrir al análisis del ADN de dichos organismos, a fin de poder identificarlos unívocamente. Para ello se han desarrollado una serie de chips de ADN especializados en ese tipo de detección. Algunos se basan en la hibridación de cadenas de ADN. Sobre una superficie se extiende una hebra monocatenaria del ADN del organismo que se pretende detectar. Las partículas en suspensión en la atmósfera son fragmentadas y se unen a la hebra de ADN situada en el chip. La adición de más segmentos de ADN de prueba unidos a partículas de oro permite cerrar un circuito eléctrico cuando la detección es positiva.

En otros casos se recurre a la reacción en cadena de la polimerasa (RCP) para multiplicar el número de cadenas de ADN detectadas. Añadiendo un marcador ultravioleta a dichas cadenas resulta relativamente sencillo detectar si se encuentra o no presente determinado elemento patógeno.

Los chips de ADN son eficaces para la detección de determinados organismos. Sin embargo, es necesario saber a priori qué organismo se está buscando, la necesidad de reventar las células para extraer su ADN les hace lentos y, además, no son sensibles a la presencia de toxinas. Una generación más eficaz de chips se basa en el uso de anticuerpos para detectar estos elementos. En efecto, los anticuerpos funcionan detectando moléculas en la superficie de los organismos patógenos. Por tanto, son más rápidos que los chips de ADN y además son sensibles a sustancias tóxicas. Para ello se recubre una superficie con anticuerpos. Los agentes patógenos se adhieren a éstos. Un segundo baño de anticuerpos marcados con elementos fluorescentes permite cuantificar rápidamente cuántos anticuerpos de los fijados en la superficie han “capturado” algún agente patógeno. En otros casos, los anticuerpos junto con los elementos capturados varían la frecuencia de oscilación de diminutos captadores electromecánicos, variación que puede ser fácilmente detectada.

Sabuesos electrónicos

Los elementos detectores de ultima generación están diseñados como auténticas pituitarias electrónicas, capaces de captar el olor de las bacterias o de los elementos que se utilizan para prepararlas como armas biológicas. Básicamente están constituídos por un conjunto de espigas poliméricas, cada una de ellas de unas características diferentes. Estas espigas están recubiertas de un polvo conductor, de modo que en condiciones normales son conductoras. Sin embargo, ante determinados olores las espigas se hinchan y se rompe el contacto eléctrico: el patrón de espigas en circuito abierto proporciona información sobre la sustancia olfateada.

Todos estos mecanismos en principio podrían servirnos para la detección de agentes patógenos. Sin embargo, podrían burlarse fácilmente mediante ingeniería genética, modificando las características externas de estos agentes o incluso modificando bacterias inocuas para que resultasen mortales. Una manera de evitar estas triquiñuelas sería el empleo de chips basados en células humanas, en los que el procedimiento de detección se basaría en el análisis de la mortalidad de éstas al ser expuestas al ambiente donde supuestamente se ha producido la liberación de los agentes infecciosos.

Bailando la danza de la muerte

Las epidemias siempre han tenido un morboso interés en la literatura de todos los tiempos. Es lógico. Por una parte cualquier plaga saca siempre a relucir lo mejor y lo peor de nosotros mismos y forman un perfecto escenario para que héroes y villanos desarrollen sus aventuras. Por otra, el tema del fin de la civilización o la extinción de la raza humana siempre suele dar mucho juego dentro de los más variados géneros. Y en general la muerte es sin duda uno de los motivos recurrentes dentro de la literatura. Por ejemplo, en El séptimo sello, de Ingmar Bergman, un caballero que regresa de las cruzadas con su escudero se encuentra cara a cara con la Muerte. El caballero no quiere morir, así que propone a la Parca demorar su deceso jugando con ella una partida de ajedrez. La película, a través de las vivencias de los diferentes personajes, acaba dibujando un complejo tapiz donde el sentimiento de la inevitabilidad de la muerte, tan característico del medievo, acaba resaltando como la única verdad absolutamente inmutable.

También ambientado en la Edad Media está El libro del día del juicio final, una de las obras más aclamadas de Connie Willis. Un viajero del tiempo aterriza por accidente en la Inglaterra del siglo XIV, justo en el momento en que está a punto de desencadenarse la gran epidemia de peste bubónica. Rápidamente se apresta una operación de rescate, pero ésta se ve entorpecida por una misteriosa epidemia que se desarrolla en el futuro y cuyos orígenes parecen estar relacionados con el viaje en cuestión.

Otro clásico sobre el tema de la peste, esta vez más en clave de terror, es “La máscara de la muerte roja”, de Edgard Allan Poe, donde un grupo de personas se encierra a cal y canto en un castillo para escapar de la epidemia que asola sus tierras... para acabar siendo alcanzadas por la peste de la que huían dentro de sus propias habitaciones.

El camino de la peste

Los efectos y las estrategias para enfrentarse a la aparición de una nueva y devastadora enfermedad son desarrollados de un modo muy interesante por Michael Crichton en La amenaza de Andrómeda. En este caso se trata de un virus de procedencia extraterrestre increíblemente letal, que extermina prácticamente toda forma de vida en un pequeño pueblecito americano donde tiene la mala fortuna de aterrizar por accidente el satélite que lo transporta. En Apocalipsis, de Stephen King, una variante mutante del virus de la gripe extermina en apenas unas semanas al 95% de la población mundial. Los supervivientes deben organizarse para sobrevivir, pero la eterna lucha del bien contra el mal continua a pesar de todo.

La película Estallido (1995, Wolfgang Petersen) comparte algunos elementos en común con la obra de King. En este caso el agente patógeno es una mutación del virus del Ebola que desde las selvas del Congo acaba llegando a Estados Unidos utilizando a un pequeño mono como portador. En la vida real el virus del Ebola solo se propaga por contacto directo... pero la versión mutante de la película se propaga por el aire, como un catarro común, aunque con la letalidad que caracteriza a este virus africano. Esto obliga a una cuarentena draconiana del epicentro de la infección mientras se busca contra reloj una vacuna o una cura eficaz contra el virus.

No todas las infecciones tienen porqué afectar directamente a la humanidad. En La muerte de la hierba, de John Christopher, un virus acaba con todas las plantas herbáceas. El arroz, los cereales y las verduras se extinguen. Otros alimentos no se ven afectados, pero la capacidad de producir comida de la humanidad se ve seriamente comprometida. El resultado es el colapso de la civilización. En Más verde de lo que creéis, de Ward Moore, unas malas hierbas sometidas por accidente a un tratamiento revigorizante para el césped acaban por convertirse en una plaga imparable que termina ocupando toda la superficie del planeta, asfixiando y extinguiendo toda forma de vida. El modo en que la humanidad se niega a aceptar su destino, aun después de ser evidente que la única salida posible es la extinción, está magníficamente narrado.

Armamento diabólico

En Estallido los militares americanos son capaces de destruir una aldea del Congo para preservar el secreto del mortífero virus descubierto en ella, con el fin de poder utilizarlo como arma. En La amenaza de Andrómeda el centro que se ocupa del estudio del virus extraterrestre en realidad se dedica a la guerra bacteriológica, mientras que en Apocalipsis el virus mutante es un arma biológica liberada por accidente. La utilización militar de las armas bacteriológicas tiene una amplia tradición en la ciencia-ficción. No en vano en una de las primeras novelas del genero, La guerra de los mundos de H.G. Wells, el arma secreta que destruye a los tecnológica y militarmente omnipotentes marcianos es el ataque de los virus y bacterias terrestres. En Mundos aparte, de Joe Haldeman, durante un ataque nuclear se dispara una cabeza armada con una peligrosa arma biológica, el virus Koralatov 31, que provoca la muerte de casi todos los adultos del planeta, pero no de los niños. El problema es que el virus permanece en la superficie y provoca la muerte de los adolescentes conforme salen de la pubertad. Los únicos supervivientes son los habitantes de las arcologias espaciales, que desde sus mundos en órbita contemplan el proceso de destrucción de la raza humana sobre la superficie del planeta.

Una novela en la que se hace un interesante tratamiento de las armas biológicas es Los viajes de Tuf, de George R.R. Martin, en la que se describe una enorme nave dedicada a la guerra bacteriológica que, aunque abandonada y sin nadie vivo en su interior, cada determinado tiempo liberaba automáticamente una serie de plagas sobre un determinado planeta, siempre distintas, impidiendo su desarrollo y manteniendo a la especie afectada por sus ataques sumida en la desesperación.

Las armas químicas también han sido bastante tratadas en el género. Por ejemplo, A cabeza descalza de Brian W. Aldiss ofrece una desquiciada visión de lo que podría convertirse Europa tras una guerra en la que las principales ciudades y zonas pobladas han sido bombardeadas con drogas psicodélicas. Los supervivientes viven inmersos en un continuo “viaje” en que han perdido todo contacto con la realidad en medio de un mundo confuso. “La fe de nuestros padres” de Philip K. Dick lleva a cabo una escalofriante reflexión sobre el concepto de realidad. En un mundo futuro, occidente ha sido derrotado por China tras de una guerra nuclear y química. El mundo esta regido con mano de hierro por un partido de corte maoísta que vela por la pureza ideológica de sus ciudadanos bajo la mirada paternal de su líder, el Benefactor Absoluto. Tung Chien, un joven funcionario del partido se prepara para ascender en su carrera dentro de la organización. Pero en el proceso descubrirá que la realidad que le rodea no es exactamente como pensaba y que Dios no sólo puede ser omnipotente sino también infinitamente perverso.

La idea de que nuestra visión de la realidad puede verse alterada por el consumo de una serie de drogas de cuya existencia no somos conscientes es desarrollada en clave de humor por Stanislaw Lem en “Altruicina, o una historia verdadera donde se cuenta cómo el ermitaño Bonifacio quiso hacer feliz al Cormos y cuáles fueron los resultados”, uno de los relatos más divertidos de su celebre Ciberiada. Desde una óptica mucho más pesimista, aunque no exenta de la ironía que caracteriza a este escritor, Congreso de futurología nos narra cómo en una república centroamericana el gobierno utiliza el suministro de agua potable para pacificar a sus ciudadanos mediante drogas, al tiempo que no duda en utilizar toda clase de armas químicas para controlar la situación. El protagonista, herido durante las algaradas, acaba despertando en un futuro lejano en el que todos y cada uno de los aspectos de la realidad están regulados por una compleja interacción con diferentes sustancias químicas que flotan en el aire o se ingieren con el agua, en una desesperanzadora visión que hace dudar de los cimientos mismos de la realidad.

El fin de los tiempos

Las grandes epidemias suelen ofrecer una excusa argumental casi perfecta para especular sobre el fin de la civilización conocida y la forma en que ésta puede evolucionar después de una catástrofe de estas características. Por ejemplo, La peste escarlata, de Jack London, sitúa su acción en el año 2013, cuando una devastadora enfermedad bacteriológica arrasa el planeta dejando sólo un puñado de supervivientes. La acción de la novela oscila constantemente entre la época de la epidemia y los años que siguieron a ésta a través de la mirada de un anciano que cuenta a sus nietos la forma en que sucedieron los hechos en una Tierra nueva lista para ser poblada y reconstruida partiendo casi de cero.

En Soy leyenda, de Richard Matheson, un microorganismo mutante provoca una curiosa enfermedad: transforma a quienes lo padecen en vampiros. Robert Neville, el protagonista, acaba convirtiéndose en el último ser humano sobre el planeta, rodeado por una nueva especie que no le entiende y para la que es tan solo un atavismo del pasado, algo tan monstruoso como pueda ser un vampiro para nosotros en la actualidad. El modo en que Matheson juega con la idea de la monstruosidad resulta simplemente magistral y convierte a esta novela en un referente indispensable dentro de las novelas de vampiros y en una de las obras maestras del genero.

La tierra permanece de George R. Stewart ofrece una melancólica, pero en el fondo bastante realista, visión del fin de nuestra civilización. Durante una excursión por las montañas el protagonista sufre un ataque de fiebre y está a punto de morir. Al regresar a la ciudad descubre que en su ausencia la mayor parte de los seres humanos han muerto debido a una mortífera epidemia. Solo en la gran ciudad, a través de los ojos de Isherwood Williams asistimos a la rápida decadencia de las obras de nuestra civilización mientras los escasos supervivientes retroceden hacia la barbarie. Aunque el tiempo no ha pasado en balde por esta obra, el melancólico modo en que los recuerdos de las obras de los hombres van desapareciendo sobre el planeta mientras la naturaleza ocupa su sitio está muy conseguido y la convierte en una obra de referencia dentro de este tema. Pues como dice Ish, “los hombres van y vienen, pero solo la tierra permanece”.

Epílogo

Durante muchos años, la humanidad ha vivido con el temor de que una guerra nuclear provocara la destrucción de nuestro mundo. Sin embargo, en contra de lo que pudiera parecernos, ese temor no es algo nuevo. Sus ecos proceden de las grandes epidemias de la antigüedad, cuando el destino de la especie humana estaba pendiente de un hilo en una lucha desigual contra los virus y bacterias que pretendían arrastrarnos hacia el olvido.

Esa guerra todavía no ha terminado. Hemos ganado batallas, hemos puesto de rodillas a muchos de nuestros enemigos. Pero todavía no podemos proclamar una victoria absoluta. Casos como los del VIH nos muestran claramente como la naturaleza todavía no ha jugado todas las cartas de las que puede hacer uso en esta partida. Y aunque la medicina y la genética nos han proporcionado poderosas herramientas para luchar contra estas amenazas, al igual que sucede en el caso de las armas nucleares nuestra propia inconsciencia podría, en un momento dado, colocarnos al borde de la extinción.

A principio del siglo XXI los motivos para declarar una guerra ya no son simplemente el ocupar un territorio o vengar unas ofensas reales o ficticias. Ahora es la simple amenaza de la posesión de estas terribles armas lo que acaba movilizando los ejércitos. Sin embargo, si sobreviviremos o no a las pesadillas biológicas que hemos creado es algo que sólo el tiempo podrá decirnos.

© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 2003