Las estrellas son de fuego
Las estrellas son de fuego
es sin duda un libro complejo. A lo largo de esta
obra, Poul Anderson desarrolla una interesante y en ocasiones
sorprendentemente lucida visión de un posible futuro de la humanidad,
un futuro en el que el viejo dilema entre riesgo y evolución frente a
seguridad y estancamiento se plantea en toda su crudeza.
Nanotecnologia, inteligencias artificiales, ingeniería genética,
comunicaciones, personalidades reales emuladas electrónicamente,
viajes espaciales increíblemente detallados se entrelazan con un
trasfondo de intrigas sociopolíticas para formar un rico tapiz sobre
el que va surgiendo, hilo tras hilo, la imagen de esta historia del
futuro que nos propone el autor. En efecto, esta novela contiene
muchas referencias a otras obras y autores clásicos y modernos. No
solamente a Heinlein, cuya influencia esta presente en la actitud
general de muchos personajes y en el homenaje que se hace a La luna
es una cruel amante. También las ideas planteadas por otros
grandes del genero, como Sheffield, Brin, Simmons, Bear, etc son
asumidas, incorporadas y transformadas por Anderson para reforzar la
coherencia y la credibilidad de su universo.
Sin embargo, no solo de ideas se nutre un buen libro. Las
estrellas son de fuego resulta en muchas ocasiones una novela
excesivamente enmarañada. Ya el amplio dramatis personae con el que se
nos obsequia al principio debería ponernos sobre aviso.
Efectivamente, la propia complejidad de la trama y su número de
personajes entorpece en muchas ocasiones la narración. La abundancia
de neologismos tampoco contribuye precisamente a mejorar la fluidez.
En efecto, el que los medios de comunicación y los entretenimientos se
hayan diversificado y enriquecido con el transcurso del tiempo puede
ser considerado un signo de coherencia, pero cuando el lector tiene
que discernir en un par de párrafos las posibles diferencias entre un
eidofono, un multiceptor, un vivífero y una quivira, lo mas posible es
que acabe bastante frustrado en el proceso.
Pero la razón mas poderosa de este entorpecimiento general procede
sin duda del desarrollo temporal de la acción. Anderson alterna a lo
largo de la novela dos hilos argumentales separados entre si varios
siglos. Y aunque el autor es un reputado maestro en la utilización de
este tipo de recursos, en esta ocasión el resultado no puede
considerarse precisamente como perfecto. En efecto, la conexión entre
las dos tramas resulta en muchas ocasiones excesivamente artificiosa.
Pasado y futuro se parecen demasiado como para que se aprecie bien el
enorme periodo de tiempo que los separa. Y además, ambos hilos se
desenvuelven a diferente velocidad: uno en un rango temporal de días u
horas, el otro en una escala de lustros. Para mantener en
funcionamiento en la mente del lector este complejo malabarismo de
iteraciones temporales hace falta un talento especial. Y aunque en
otras ocasiones Anderson ha resuelto situaciones semejantes con
notable maestría, en este caso se le caen las bolas con demasiada
frecuencia. La novela se convierte de este modo en una sucesión de
pistas, enlaces y sugerencias resueltas la mayor parte de las veces a
costa de la capacidad de deducción y de la memoria del lector, lo que
acaba por convertir la lectura en una experiencia agotadora y
decepcionante.
Tampoco ayuda demasiado en este caso la traducción. Como bien apunta
Barceló en el prologo, en Las estrellas son de fuego se ha
apostado por una peculiar permutación de idiomas para respetar la
estructura planteada por Anderson en el original. El problema surge, a
mi juicio, en que para un lector norteamericano la presencia de
palabras castellanas en el texto puede resultar algo lógico, incluso
natural, si se considera como referente cultural y extrapolación de
una situacion actual. Pero para un lector de este lado del Atlántico,
la sobreabundancia de palabras en ingles solo genera desconcierto,
rompiendo todavia mas el ritmo de la narracion. Mención aparte de la
presencia de determinados términos que aparecen sin traducir sin razón
aparente, y de alguna que otra expresión que ha sido resuelta de un
modo que solo podría calificarse como curioso.
Como resumen, Las estrellas son de fuego es una obra plagada de
brillantes ideas, con un tema central muy interesante que en muchas
ocasiones consigue arrastrar plenamente al lector. Sin embargo, los
continuos y a menudo arbitrarios saltos temporales de la trama, el
casi interminable desfile de personajes y en general una estructura
narrativa a veces demasiado pretenciosa dificultan su lectura y restan
bastante brillantez al resultado final.
© Cristóbal Pérez-Castejón Carpena 2002